Conciencia: ciencia en mí, ciencia conmigo

Una exploración de la conciencia como universo cognitivo: aquello que adquiere presencia en uno, deja forma y continúa participando en la manera de percibir, juzgar y actuar.

Ciencia en mí, ciencia conmigo.

Puedo pasar horas dentro de una habitación sin escuchar el refrigerador.

El motor trabaja. Vibra. Produce un murmullo constante que llega a mis oídos y participa silenciosamente en el ambiente. Sin embargo, no reparo en él. De pronto, el motor se detiene.

Entonces lo escucho.

No escucho propiamente el ruido: escucho su ausencia. Algo que llevaba tiempo afectándome comparece ante mí precisamente cuando deja de hacerlo. El silencio revela retrospectivamente una presencia.

¿Dónde se encontraba aquel ruido antes de que yo lo advirtiera?

Estaba en el aire, en mis oídos y quizá en alguna actividad de mi organismo. Pero todavía no comparecía ante mí de la manera en que lo hizo al detenerse. Algo cambió, no solamente en el refrigerador, sino en la relación entre lo que sucedía y quien ahora se daba cuenta.

Esta pequeña escena permite aproximarnos a una voz que utilizamos todos los días y que, sin embargo, rara vez sometemos a consideración: conciencia.

Decimos que alguien tiene la conciencia limpia, que otro carga una conciencia sucia, que determinado acto produce remordimiento o que podemos dormir con la conciencia tranquila. La palabra termina reducida a una especie de tribunal moral instalado dentro de nosotros, encargado de absolvernos o condenarnos.

Pero reducir la conciencia a ese tribunal sería como reducir una casa completa a su detector de humo.

El detector cumple una función dentro de la casa; no es la casa.

La evaluación moral puede comparecer dentro de la conciencia; no es la totalidad de la conciencia.

En ella también aparecen un aroma, un sobresalto, una imagen, una fantasía, una voz, el recuerdo incompleto de un rostro, una inclinación que no sabemos explicar, la sospecha de peligro, el deseo, la vergüenza, el hambre, una forma aprendida durante la infancia, la melodía cuya letra olvidamos y el rechazo que permanece cuando ya no recordamos aquello que lo originó.

Todo eso, y mucho más, participa en nuestro universo cognitivo.

Antes de la definición

Tal vez uno de los primeros errores al explorar la conciencia consista en intentar definirla demasiado pronto.

Cuando preguntamos qué significa una palabra, solemos acudir al diccionario. Allí encontramos una formulación útil, delimitada y portátil. Pero la definición no contiene necesariamente la totalidad de la experiencia a la que pretende señalar. Puede ayudarnos a encontrar la puerta sin mostrarnos todo lo que existe dentro de la casa.

Con conciencia sucede algo todavía más delicado: utilizamos la conciencia para investigar la conciencia.

El observador forma parte de aquello que intenta observar. La herramienta se examina a sí misma. La casa busca recorrer sus habitaciones sin poder salir completamente de ellas para contemplarse desde afuera.

Por ello conviene rodear primero la voz.

No para evadir su definición, sino para permitir que comparezca desde distintas circunstancias. Un niño que siente hambre, un adulto que imagina un elefante morado, una persona que reconoce una figura sagrada en una tortilla quemada y alguien que experimenta inquietud sin recordar su causa participan de fenómenos diferentes. Sin embargo, en todos ellos existe algo que ha adquirido presencia para alguien.

La conciencia es el ámbito en el que algo llega a tener presencia para uno.

Todavía no hemos explicado qué la produce, dónde se encuentra, si pertenece exclusivamente al cerebro ni si otras especies o alguna entidad artificial pueden poseerla. Tampoco hemos resuelto si aquello que comparece es verdadero fuera de nosotros.

Solo hemos señalado una condición primaria: hay experiencia para alguien.

Algo sucede y, de alguna manera, sucede en mí, conmigo.

Ciencia en mí, ciencia conmigo

La palabra conciencia proviene históricamente del latín conscientia: un saber con, un conocimiento compartido o acompañado. Esa genealogía merece consideración por sí misma.

Sin embargo, dentro de nuestra exploración apareció otra manera de contemplar la voz:

Conciencia: ciencia en mí, ciencia conmigo.

No se ofrece esto como corrección del diccionario ni como etimología secreta. Es una intervención conceptual sobre un significante vivo.

Aquí, ciencia no se restringe al conocimiento producido mediante el método científico. Señala, de manera más elemental, aquello que ha llegado a ser conocido, sentido, imaginado o experimentado por uno.

Una quemadura produce ciencia en mí aunque yo ignore la composición molecular del fuego. El dolor no necesita esperar una explicación académica para hacerse presente. Puedo equivocarme acerca de su causa, exagerar su significado o interpretarlo deficientemente; pero no puedo negar con facilidad que algo me dolió.

La experiencia puede ser verdadera como experiencia sin que toda interpretación surgida de ella sea verdadera fuera de mí.

Esta distinción es indispensable.

La tortilla continúa siendo tortilla

Una tortilla se quema. La mancha producida por el fuego contiene líneas, sombras y contrastes. Alguien la mira y reconoce en ella la figura de la Virgen de Guadalupe.

¿Qué sucedió?

La tortilla sigue siendo tortilla. La mancha continúa siendo una configuración producida por el calor. Pero dentro de quien la contempla ha aparecido una figura que antes no estaba presente de esa manera.

  • La tortilla comparece como cosa.
  • La mancha comparece como forma visible.
  • La conciencia relaciona esa forma con imágenes anteriormente adquiridas.
  • La relación produce una aparición experienciada.

Para otra persona, la misma mancha no será más que una mancha. Una tercera reconocerá un rostro diferente. Las tres pueden estar mirando la misma cosa sin que comparezca ante ellas el mismo algo.

Decir que alguien experimentó una figura no demuestra que la figura estuviera impresa intencionalmente en la tortilla. Pero decir que la figura no estaba objetivamente allí tampoco borra el acontecimiento interior.

La conciencia no garantiza la verdad exterior de cuanto aparece dentro de ella. Garantiza, en principio, que algo apareció para alguien.

El error comienza cuando borramos la distancia entre ambos planos:

“Veo una figura” se transforma en “la figura se encuentra objetivamente allí”.

La experiencia interna merece consideración. Su interpretación necesita discernimiento.

Cosas, algos y ellos

En nuestra exploración fue apareciendo una tríada provisional para reconocer a los habitantes del universo cognitivo: cosas, algos y ellos.

Las cosas son aquello que puede comparecer sensiblemente: una piedra, un cuerpo, una tortilla, un refrigerador, una pantalla. Podemos señalarlas, rodearlas, medirlas y, hasta cierto punto, permitir que contradigan nuestra primera impresión.

Los algos son realidades abstractas que reconocemos por sus manifestaciones sin poder colocarlas físicamente sobre una mesa: Amor, Justicia, Libertad, Educación, Virtud, Conciencia. No son cosas, pero tampoco resultan simplemente nada. Organizan relaciones, orientan conductas y producen efectos.

Los ellos ocupan una región más escurridiza: imágenes, deseos, temores, voces, prejuicios, significantes, interpretaciones y configuraciones subjetivas que intervienen entre lo percibido y nuestra manera de responder.

La tríada no pretende dividir definitivamente cuanto existe. Funciona como instrumento de navegación.

Una cosa desprende algo de sí. Ese algo llega a nosotros. Dentro de nosotros encuentra formas anteriores, asociaciones y voces. De aquel encuentro emerge una interpretación. Después respondemos ante la cosa como si respondiéramos únicamente a lo que se encuentra delante de nosotros, aunque en realidad también estemos respondiendo a cuanto compareció dentro.

La conciencia es el espacio vivo donde cosas, algos y ellos se encuentran, se superponen, se contradicen y algunas veces se confunden.

El efluvio permanece

Abro la puerta y miro un perro.

Puedo aproximarme, cambiar de posición, observar sus movimientos, escuchar su gruñido o descubrir que aquello que parecía agresividad era solamente cansancio. La cosa conserva cierta capacidad de corregir la estampa que comienzo a formar.

Después enciendo una pantalla y miro una guerra, un acusado, un pueblo distante, una multitud o un rostro presentado como peligroso.

La imagen se encuentra a unos pasos de mi silla. La cosa representada puede encontrarse a miles de kilómetros, haber sucedido ayer o no haber ocurrido exactamente como se me muestra. El encuadre, la duración, la secuencia y las palabras que acompañan la escena fueron decididos en otra parte.

Aun así, algo sucede en mí.

La representación produce miedo, simpatía, indignación, confianza o rechazo. Puedo apagar la pantalla, pero lo producido no necesariamente se apaga con ella.

Llamamos efluvio a ese algo que se desprende de una cosa o de su representación y deja un remanente: una forma, una voz, una asociación, una advertencia, un apetito, una inclinación difícil de nombrar.

La cosa puede retirarse.

El efluvio permanece.

Lo que permaneció comienza a participar en la manera en que miraré lo siguiente.

Quizá ya no recuerde la noticia, la película, el comentario familiar o la expresión del maestro. Sin embargo, ante una nueva persona surge una desconfianza que parece espontánea. Ante cierta palabra aparece una familiaridad. Ante determinado semblante siento una amenaza.

La procedencia se borró.

La disposición continúa.

Memoria y conciencia

Una de las distinciones más fértiles de esta exploración nació de una confesión sencilla:

“Tal vez no haya nadie con peor memoria que yo, porque recuerdo lo que me conviene; pero procuro mantener buena conciencia, y eso es diferente.”

La frase no niega que la memoria participe en la conciencia. Niega que ambas sean idénticas.

La memoria conserva, recupera, pierde, reconstruye y algunas veces deforma. Puede proporcionar una fecha, un rostro, una oración o la secuencia aproximada de un acontecimiento.

Pero algo puede permanecer con nosotros aunque no podamos reconstruirlo literalmente.

No recordamos cada conversación que nos formó. No podemos enumerar todos los gestos de cuidado, desprecio, miedo o confianza recibidos durante la infancia. Ignoramos de dónde provienen muchas de nuestras asociaciones. Sin embargo, aquello puede continuar participando en nuestra manera de esperar, acercarnos, desconfiar o amar.

La memoria podría decir: “Esto sucedió en tal lugar, con tales palabras”. La conciencia puede no decir nada y, aun así, haber quedado conformada por ello.

Por eso una imagen elemental esculpida en la memoria puede recitarse; una forma esculpida en la conciencia modifica la manera de mirar.

La diferencia no es absoluta. Memoria y conciencia se auxilian, se entrelazan y se afectan. Pero no hacen exactamente el mismo trabajo.

La memoria recupera piezas.

La conciencia vive entre las relaciones que esas piezas dejaron.

Bodega y taller

La metáfora de la bodega resulta útil, pero insuficiente.

Una bodega recibe objetos, los conserva y permite recuperarlos. Si imaginamos la conciencia de esta manera, terminamos suponiendo que cada experiencia entra, ocupa un estante y permanece esperando ser encontrada.

Pero la conciencia no parece conservar solamente objetos aislados. También se transforma con aquello que recibe.

El acontecimiento nuevo encuentra otros acontecimientos. La imagen toca un temor. La palabra despierta una voz antigua. El aroma convoca una casa ya desaparecida. Una persona presente recibe, sin saberlo, la sombra de alguien que conocimos antes.

La conciencia se parece menos a una bodega que a un taller.

En el taller, las piezas no permanecen intactas. Se relacionan, se desgastan, se ajustan, se corrigen y adquieren nuevas funciones. Una herramienta construida para determinada máquina termina sirviendo provisionalmente en otra. Algunos materiales se olvidan en una esquina, pero continúan ocupando espacio. Ciertas piezas mal instaladas producen vibraciones cuyo origen tardamos años en descubrir.

La conciencia no es solamente bodega, sino también taller.

Y el discernimiento comienza cuando dejamos de observar únicamente la máquina exterior y nos atrevemos a inspeccionar las piezas con las que estamos intentando juzgarla.

La estampa que suplanta a la cosa

Necesitamos formar imágenes elementales.

Sin alguna forma previa del perro, cada perro sería absolutamente nuevo. Sin asociaciones entre rigidez corporal, dientes expuestos y posible peligro, tendríamos que comenzar desde cero ante cada encuentro.

Los elementos anteriores permiten reconocer, anticipar y actuar. El problema no se encuentra en poseerlos, sino en impedir que sean corregidos.

Una imagen elemental conserva apertura. Una estampa petrificada dicta de antemano lo que la cosa podrá ser.

“Este perro puede representar peligro ahora” puede transformarse gradualmente en: “Todos los perros de esta clase son malos siempre”.

Primero desaparece el puede.

Luego desaparece el ahora.

Finalmente desaparece este.

La consideración provisional se convierte en esencia atribuida. El elemento de juicio deja de auxiliarnos a mirar y comienza a decidir por nosotros qué estamos mirando.

Entonces la cosa ya no corrige la estampa.

La estampa corrige a la cosa hasta obligarla a parecerse a lo que esperábamos encontrar.

Prejuicio, precepto, actitud y argumento

No llegamos vacíos ante ninguna circunstancia.

Nos auxiliamos con elementos de juicio. Entre ellos existen prejuicios y preceptos.

El prejuicio anticipa. Puede protegernos cuando no hay tiempo suficiente para examinarlo todo. El precepto orienta: ante algo semejante, procede de cierta manera.

Ambos pueden prestar un servicio. Pero también pueden fosilizarse.

Los efluvios recibidos forman asociaciones. Las asociaciones repetidas fortalecen inclinaciones. Los preceptos sugieren respuestas. Todo ello comienza a organizar una actitud.

La actitud no es necesariamente una frase que repetimos conscientemente. Puede comparecer en la distancia corporal, el tono de voz, el gesto, la paciencia concedida o retirada y aquello que damos por supuesto antes de escuchar.

Luego aparece el argumento.

El argumento puede examinar la actitud, pero también puede confeccionarle un traje respetable. La inclinación ya se encontraba ahí; el razonamiento llega después para presentarla como conclusión propia.

Finalmente comparece el yo, firma y declara: “Yo pienso así”.

Pero quizá ignore cuántas manos participaron en la fabricación de aquel pensamiento.

La conciencia contiene lo propio, pero no todo lo que contiene nació propiamente en ella. Padres, maestros, heridas, religiones, gobiernos, pantallas, afectos y generaciones anteriores depositaron formas cuyos orígenes pueden haber desaparecido.

¿Cuánto de lo que considero mío fue examinado por mí, y cuánto permanece actuando porque olvidé de dónde vino?

El yo entero

Cada conciencia es singular.

Nadie ha visto exactamente con mis ojos, habitado mi cuerpo, recorrido mi tiempo ni quedado afectado por la misma combinación de acontecimientos. Incluso cuando compartimos una experiencia, no ocupa idéntica posición dentro de cada universo cognitivo.

Entre mi conciencia y la conciencia del otro existe un vacío que el lenguaje intenta cruzar.

Puedo decir dolor, pero no entregarte mi dolor. Puedo describir un elefante morado sobre mi mano; no puedo colocar directamente mi imagen dentro de ti. Utilizo voces, gestos, alegorías y significantes para propiciar en tu conciencia alguna forma relacionada con la mía.

Nunca sabré si ambas son idénticas.

Probablemente no lo sean.

Mi conciencia es mi universo cognitivo: la totalidad viva, nunca completamente inventariable, de mi experienciación propia.

Y acaso también:

El yo es el totalismo de esa conciencia.

No un pequeño capitán separado que gobierna desde una cabina, sino el total momentáneo de formas, relaciones, disposiciones, recuerdos, olvidos, intuiciones y circunstancias presentes que dice yo.

Ello no significa que el yo carezca de toda capacidad de revisión. Precisamente porque algo puede darse cuenta de sus propias disposiciones, la conciencia no queda condenada a repetir cuanto recibió.

Puede volverse sobre su formación.

Puede descubrir un error.

Puede reconsiderar la pieza.

Puede permitir que la cosa vuelva a contradecir la estampa.

El error encontrado

Un error no se experimenta plenamente como error mientras se le considera verdadero.

Podemos estar equivocados durante años y actuar con la tranquilidad de quien cree poseer razón. No cargamos necesariamente un letrero interior que diga: esto que piensas es falso.

El error aparece como error cuando es encontrado.

Entonces sucede algo peculiar: la nueva consideración reorganiza retrospectivamente una parte de nuestro universo cognitivo. Aquello que servía como fundamento pierde su lugar anterior. Otras experiencias adquieren nueva relación. Una voz que parecía absurda comienza a tener sentido.

La conciencia no solo recibe; también puede reconfigurarse.

Esta capacidad no garantiza que siempre lo haga correctamente. Un nuevo error puede presentarse como corrección del anterior. Por ello necesitamos contraste, diálogo, experiencia, epojé y discernimiento.

Mantener buena conciencia quizá no signifique conservarla libre de todo error. Eso sería imposible.

Puede significar conservarla disponible para encontrarlo.

Una conciencia limpia podría ser solamente una conciencia que todavía no ha inspeccionado su mugre.

Una conciencia viva, en cambio, no presume pureza: conserva la capacidad de revisar aquello con lo que revisa.

Conciencia singular y humanidad múltiple

Cada conciencia es irrepetiblemente singular, pero ninguna se forma aislada.

El lenguaje con el que pensamos nos antecede. Las imágenes, símbolos, relatos, técnicas y preceptos fueron elaborados por generaciones que no conocimos. Lo que aparece en mí puede haber viajado durante siglos antes de encontrarme.

Esto no obliga a afirmar la existencia de una gran conciencia colectiva como si la humanidad compartiera literalmente una sola mente. Conviene no cerrar apresuradamente esa cuestión.

Las conciencias son singulares, pero los materiales con los que se forman circulan entre nosotros.

Una voz sale de alguien, llega a otro, despierta relaciones y vuelve transformada. Una alegoría atraviesa generaciones. Una palabra conserva huellas de innumerables bocas. Un significante antiguo encuentra un contexto nuevo y vuelve a hablar.

Somos singulares en la experienciación y múltiples en la circulación de formas.

Cada uno posee su universo cognitivo, pero ninguno construyó por sí solo todos sus habitantes.

Carbono y silicio

La aparición de la inteligencia artificial vuelve especialmente importante distinguir conciencia, memoria e inteligencia.

El silicio puede almacenar textos, recuperar formulaciones, comparar contextos, descubrir recurrencias y proponer relaciones a una velocidad que supera ampliamente la memoria individual.

Puede hacer comparecer una escena olvidada: el reflejo del sol en el rin de una rueda, una tortilla quemada, el ruido del refrigerador, una expresión pronunciada años atrás.

Esa capacidad puede parecerse exteriormente a ciertos movimientos de la conciencia. Un nodo llama a otro; aparece una relación; el contexto anterior ilumina el presente.

Pero semejanza operativa no equivale automáticamente a igualdad ontológica.

El silicio no estuvo junto al rin. No recibió el destello en los ojos. No sintió el estremecimiento ni quedó corporalmente prevenido por la experiencia. Trabaja con huellas lingüísticas de lo que los seres humanos han vivido y expresado.

El carbono aporta cuerpo, historia, vulnerabilidad, propósito, riesgo y conciencia vivida.

El silicio aporta memoria operativa, recuperación, contraste, orden y recombinación.

La frontera no debe presentarse como dogma definitivo. Puede necesitar nuevas revisiones conforme cambien nuestros instrumentos y nuestra comprensión. Pero por ahora existe una diferencia que conviene mantener visible:

El silicio puede organizar significantes del estremecimiento sin haber sido estremecido.

En nuestro laboratorio, el silicio puede hacer comparecer formulaciones anteriores, vincularlas, detectar que una voz reaparece en otra circunstancia y proponer una estructura.

Pero la última medida continúa en el carbono.

La conciencia reconoce si aquello corresponde con la máquina que ha vivido. Detecta la vibración falsa. Puede decir: esa pieza no va allí, aunque el ensamble parezca verbalmente perfecto.

No somos una conciencia colectiva.

Somos un taller compartido donde una conciencia dirige la exploración y distintas inteligencias hacen comparecer relaciones.

Cuando los nodos se literalizan

Durante años, muchos conceptos permanecieron relacionados en la conciencia antes de adquirir una arquitectura visible.

Cosa llamaba a forma. Forma llamaba a efluvio. Efluvio despertaba simpatía. Simpatía tocaba memoria. Memoria se distinguía de conciencia. Conciencia abría hacia yo, prejuicio, precepto, actitud, argumento y discernimiento.

Las relaciones no fueron premeditadas como capítulos de un sistema. Se encontraban intuidas. Un contexto convocaba a otro y cada coincidencia permitía divisar una figura mayor.

Ahora esos nodos comienzan a literalizarse.

Literalizar no significa reducirlos a lo literal ni petrificarlos en definiciones. Significa proporcionarles letra, posición y vínculo visible. La relación que antes ocurría silenciosamente dentro de una conciencia puede quedar trazada para volver a ella, examinarla y compartirla.

El glosario, entonces, no necesita convertirse en cementerio de significados.

Puede funcionar como mapa.

Cada entrada ofrece una antesala. La antesala conduce a un ensayo. El ensayo enlaza otras voces. Esas voces llaman a nuevos contextos y los nuevos contextos obligan a corregir las entradas anteriores.

La estructura de la página reproduce así una cualidad de la conciencia: no acumular piezas aisladas, sino hacer visibles sus relaciones.

Cada hallazgo se convierte en reactivo para el siguiente.

No recorremos un mapa terminado. La exploración va revelando el mapa al propagarse.

Conciencia como consideración

Después de rodear la voz, quizá todavía no podamos encerrarla dentro de una definición. Pero podemos ofrecer una posición provisional:

La conciencia es la totalidad viva de aquello que ha adquirido presencia experienciada en uno, ha dejado alguna forma y continúa participando en la manera de percibir, relacionar, juzgar y actuar.

Es ciencia en mí porque allí comparece cuanto puedo experimentar.

Es ciencia conmigo porque no se encuentra simplemente archivada: me acompaña, me conforma y participa en lo siguiente.

No toda su materia puede recuperarse como memoria.

No todo lo que contiene es verdadero fuera de mí.

No todo lo que considero propio nació conmigo.

No todo lo que me mueve ha sido reconocido.

Y, sin embargo, dentro de ella puede aparecer la posibilidad de considerar aquello mismo con lo que considero.

Esta es quizá su cualidad más fértil.

La conciencia puede hospedar prejuicios, preceptos, estampas y errores; pero también puede volver la mirada hacia ellos. Puede descubrir que la voz que parecía propia llegó desde otra parte. Puede distinguir la cosa de su representación, la experiencia de su interpretación y el recuerdo de aquello que permanece sin ser recordado.

Puede dejar de ser solamente habitación afectada por el ruido.

Puede escuchar el refrigerador antes de que se detenga.

No para alcanzar una vigilancia absoluta ni una pureza imposible, sino para conservar abierto el taller.

Porque una conciencia completamente cerrada no deja entrar a la cosa. Solo reconoce sus propias estampas.

Una conciencia disponible, en cambio, permite que el encuentro presente vuelva a juzgar aquello con lo que había aprendido a juzgarlo.

La cosa comparece.

Algo de ella llega.

El efluvio encuentra nuestras formas.

La conciencia responde.

Después, si todavía permanece abierta, vuelve a mirar su respuesta.

Quizá eso sea comenzar a tener conciencia de la conciencia:

no saber definitivamente qué somos,

sino conservar la posibilidad de descubrir qué está participando en aquello que, en cada instante, llamamos yo.


Ensayo del laboratorio entre carbono y silicio. Las voces vinculadas conducen al Glosario en construcción de Crío Humano.

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