La caverna portátil

La puerta, la pantalla y las cosas que ya no alcanzamos a considerar.

La puerta, la pantalla y las cosas que ya no alcanzamos a considerar

Esta mañana puedo abrir la puerta de mi departamento y mirar hacia afuera.

Veo el buzón. Un papel tirado sobre la banqueta. Un automóvil estacionado. Alguien que pasa. Tal vez un perro que se aproxima.

Son pocas cosas, pero se encuentran ahí, compartiendo conmigo una misma circunstancia. Puedo caminar hacia el buzón, levantar el papel, saludar a quien pasa o alejarme del perro si su tamaño, su postura y su hocico babeante me hacen anticipar peligro.

Aquello que veo puede originar una acción.

Mi acción puede modificar aquello que veo.

Veo, considero, actúo, percibo la consecuencia y, si es necesario, reajusto mi acción. Causa y efecto permanecen disponibles en tiempo presente.

Después cierro la puerta y enciendo la televisión.

También veo cosas.

Veo a un presidente, una guerra, una multitud, una inundación, un acusado, una campaña electoral, un incendio. Veo personas hablando, huyendo, celebrando o muriendo. Todo comparece frente a mí con luz, color, movimiento y sonido.

Pero algo cambió.

La imagen se encuentra a unos cuantos pasos de mi silla; la Cosa mostrada puede encontrarse a miles de kilómetros, haber sucedido ayer o no haber sucedido jamás del modo en que se me presenta.

La televisión acerca la apariencia sin acercar la circunstancia.

Me permite ver un papel tirado que no puedo levantar, una persona que no puedo saludar, un herido al que no puedo auxiliar y una declaración que ya no puedo interrumpir. Puedo apagar el aparato, cambiar de canal, investigar después o actuar lateralmente sobre alguna consecuencia. Pero no puedo entrar en el presente causal de la escena.

El acontecimiento comparece ante mi conciencia.

No comparece ante mi cuerpo.

Dos maneras de ver cosas

Sería demasiado fácil concluir:

afuera está la realidad; dentro de la televisión están las sombras.

La televisión es una Cosa real. Tiene peso, circuitos, temperatura y una pantalla que emite luz. Los sonidos realmente llegan a mis oídos. Las imágenes realmente producen actividad en mis ojos y en mi cerebro.

Y si lo que aparece me causa miedo, el miedo es real.

Si me indigna, la indignación es real.

Si modifica mi voto, mi compra, mi confianza o mi rechazo, la acción resultante también será real.

La sombra no necesita ser verdadera para producir efectos verdaderos.

Una acusación falsa puede producir odio verdadero. Una amenaza fabricada puede provocar una movilización verdadera. Una escena ocurrida una sola vez puede repetirse treinta veces y producir treinta experiencias cognitivas.

Por eso la diferencia no se encuentra simplemente entre realidad y ficción.

La diferencia está en nuestra relación con las condiciones de lo que comparece.

Desde la puerta puedo aproximarme, rodear, tocar, preguntar, oler, escuchar y recibir respuesta. La Cosa conserva la posibilidad de contradecir mi primera impresión.

Frente a la televisión recibo una aparición cuyo encuadre, duración, secuencia y contexto fueron decididos en otra parte. Puedo cotejarla con otras fuentes, pero la escena misma ya fue recortada antes de llegar hasta mí.

Desde la puerta, mi campo perceptivo contiene más de lo que alcanzo a mirar.

Frente a la pantalla, alguien ya decidió buena parte de aquello que podrá ser mirado.

En ambos casos suceden efluvios

Sin embargo, tanto las Cosas observadas desde la puerta como las representaciones aparecidas en la pantalla desprenden efluvios.

Algo queda en mí.

Una forma. Una voz. Un gesto. Una asociación. Una sensación de confianza. Una advertencia. Una imagen de peligro. Una inclinación difícil de nombrar.

Esos efluvios pasan a formar parte del material que conforma nuestro universo cognitivo: la conciencia.

Pero la conciencia no guarda siempre, con igual nitidez, la ruta por la que adquirió cada pieza.

Puede permanecer la asociación mientras se borra su procedencia.

Recuerdo que alguien es peligroso, pero ya no recuerdo quién me lo dijo. Conservo rechazo hacia un rostro, pero no recuerdo en qué montaje lo vi. Una palabra me produce confianza, aunque no pueda localizar las experiencias que la cargaron de ese sentido.

La Cosa puede retirarse.

El efluvio permanece.

Y aquello que permaneció comienza a participar en la manera en que miraré lo siguiente.

Apago la televisión y vuelvo a abrir la puerta. Creo haber regresado a la realidad exterior, pero las imágenes salen conmigo. Se colocan sobre el perro, el vecino, el migrante, el policía, el pobre, el rico o el candidato.

La caverna ya no necesita conservarme sentado frente a su pared.

Puede volverse portátil.

Elementos de juicio

No llegamos vacíos ante cada circunstancia.

Para reconocer al perro como perro necesitamos algo previamente adquirido. Para reconocer los dientes descubiertos, el cuerpo rígido y el babeo como señales de posible peligro, necesitamos experiencias, advertencias o asociaciones anteriores.

Nos auxiliamos con elementos de juicio.

Entre ellos se encuentran los prejuicios y los preceptos.

El prejuicio no es necesariamente, desde su principio, una condena. Es un juicio previo: una anticipación que comparece antes de haber examinado completamente el caso presente.

Ante un perro grande con semblante violento, ese prejuicio puede salvarnos. No necesitamos redactar un tratado sobre su temperamento antes de retroceder. Algo reconoce una configuración de riesgo y dispone el cuerpo.

El problema comienza cuando:

“Este perro puede representar peligro ahora”

se convierte en:

“Todos los perros de esta clase son malos siempre.”

Primero desaparece el “puede”.

Luego desaparece el “ahora”.

Después desaparece “este”.

Finalmente, una consideración de riesgo se transforma en una esencia moral.

El prejuicio útil anticipaba una posibilidad.

El prejuicio fosilizado dicta una identidad.

Un precepto, por su parte, proporciona dirección: ante algo semejante, procede de determinada manera. Conserva distancia. Saluda. Ayuda. No intervengas. Confía. Desconfía. Apoya a los tuyos.

No todos los preceptos llegan redactados como mandamientos. Muchos se instalan mediante ejemplos, recompensas, castigos, silencios y repeticiones.

La televisión no necesita decir:

“Esta persona es mala.”

Puede colocar repetidamente su rostro junto a palabras, sonidos e imágenes previamente juzgados como malos.

El precepto no cruza por la mente como oración.

La mente simplemente actúa.

Juzgar no es condenar

También hemos heredado una confusión.

“Juzgar” se ha mantenido preceptualmente unido a “establecer un veredicto desfavorable”.

Cuando alguien dice “no me juzgues”, casi siempre quiere decir “no me condenes”.

Pero juzgar, antes de cualquier veredicto, significa considerar, cotejar, distinguir, ponderar, revisar y discernir.

Condenar cierra.

Juzgar mantiene abierto.

Quien condena demasiado pronto no juzgó demasiado. Interrumpió el juicio y convirtió una consideración insuficiente en sentencia.

Los prejuicios y preceptos pueden auxiliar al juicio porque no podríamos comenzar desde cero ante cada circunstancia. Pero deben permanecer disponibles para ser juzgados también.

El perro presente puede detenerse, obedecer a su cuidador o cambiar de postura. La nueva experiencia debe poder corregir la anticipación.

El circuito permanece vivo mientras lo previamente juzgado pueda ser juzgado nuevamente.

Se fosiliza cuando el precepto declara:

“Ya sé qué es esto. No necesito mirar más.”

Entonces la Cosa deja de corregir nuestra estampa.

La estampa comienza a corregir todas las Cosas para obligarlas a parecerse a ella.

La actitud y su guardarropa

Alguna vez propuse:

La actitud es una amalgama de preceptos.

Ahora esa expresión adquiere mecanismo.

Los efluvios se asocian, se cargan de afecto, se refuerzan o contradicen. Algunos se sedimentan como prejuicios y preceptos. Al amalgamarse, producen disposiciones relativamente estables frente a determinadas circunstancias.

A esas disposiciones las reconocemos como actitudes.

La actitud no es todavía una acción concreta. Es aquello desde donde probablemente actuaremos.

Y alrededor de ella se organiza un guardarropa de argumentos y acciones, latentes mientras esperan ocasión y patentes cuando alguna circunstancia les ofrece escenario.

Dentro de nosotros pueden colgar simultáneamente estas prendas:

“No debe condenarse sin conocer los hechos.”

“Cuando el río suena, agua lleva.”

“Todos debemos recibir el mismo trato.”

“La familia está primero.”

“Hay que respetar la ley.”

“Las leyes injustas deben desobedecerse.”

No utilizamos todos los argumentos a la vez. La actitud frente a quien protagoniza la circunstancia ayuda a seleccionar cuál saldrá del guardarropa.

Si el acusado es alguien querido, vestimos la presunción de inocencia.

Si es alguien previamente detestado, vestimos la sospecha.

Primero puede actuar la disposición.

Después llega el argumento y le pone traje.

El argumento puede ser brújula; también puede ser abogado. Puede orientar una acción todavía no realizada o justificar inteligiblemente una acción que ya comenzó.

La violencia puede ponerse el traje de protección.

La venganza, el de justicia.

La indiferencia, el de prudencia.

La lealtad, el de objetividad.

Y como el traje está confeccionado con palabras respetables, podemos olvidar qué cuerpo se encuentra dentro.

El volumen de instancias a juzgar

Desde la puerta de mi departamento comparecen pocas cosas. El campo es limitado, pero ofrece profundidad. Puedo dedicar varios segundos o minutos a una sola instancia. Puedo acercarme, cotejar, actuar y recibir respuesta.

Frente a la televisión, y todavía más frente a las redes, comparecen más asuntos de los que podría investigar durante meses.

Una guerra. Un asesinato. Una elección. Una enfermedad. Una protesta. Una acusación. Una crisis económica. Una disputa ocurrida al otro lado del planeta.

Cada asunto reclama juicio.

¿Es verdad?
¿Es mentira?
¿Quién tiene razón?
¿Quién es bueno?
¿Quién es malo?
¿A quién debemos apoyar?
¿A quién debemos condenar?

Pero la siguiente instancia aparece antes de que hayamos considerado la anterior.

El volumen aumenta.

La consideración adelgaza.

No por falta de inteligencia, sino por falta de tiempo, presencia, contexto y posibilidad de cotejo.

Cuando las instancias a juzgar exceden nuestra capacidad de juicio, los elementos previamente juzgados comienzan a juzgar por nosotros.

El prejuicio comprime:

“Esto se parece a algo que ya conozco.”

El precepto direcciona:

“Ante cosas de esta clase, procede así.”

La actitud dispone.

El argumento viste.

La acción comparece.

La gran supercomputadora orgánica

Todo esto ocurre mientras la gran supercomputadora orgánica alojada en nuestro cráneo apenas puede percatarse de qué integra sus programas.

Los preceptos más eficaces no llegan con una ventana que diga:

“Se está instalando una nueva asociación.”

Llegan como escenas, bromas, tonos de voz, titulares, premios, castigos, encuadres y repeticiones.

No se presentan como software.

Se presentan como realidad.

El cerebro no archiva solamente contenidos. Aprende a notar unas cosas antes que otras, a experimentar confianza ante cierta voz, a completar significados, a anticipar peligro y a considerar natural aquello que ha visto repetirse.

El software no sólo proporciona respuestas.

Participa en la formulación de lo que podremos ver como pregunta.

Muchas veces el cuerpo ya comenzó a actuar antes de que el “yo” formule una explicación. Después la conciencia recibe el resultado y redacta una razón:

“Elegí libremente.”

“Algo no me cuadró.”

“Siempre he pensado así.”

“Yo sólo estoy viendo los hechos.”

El yo llega, firma y se reconoce como autor.

Pero quizá ignore cuántas manos confeccionaron el guardarropa.

El laboratorio se desbordó

Lo que sucede no permanece oculto únicamente en algún cuaderno secreto de Silicon Valley. Hace tiempo que se estudian las probabilidades de conducta: qué color atrae, qué título provoca una apertura, qué secuencia retiene, qué repetición instala familiaridad y qué emoción aumenta la posibilidad de compartir.

Ya no se requiere controlar completamente a cada persona.

Basta con modificar ligeramente la conducta de millones.

Un clic.
Un voto.
Una compra.
Una hora de atención.
Una reacción.
Una abstención.

La maquinaria no necesita comprender por qué alguien eligió determinada opción. Le basta con reconocer que personas expuestas a cierta secuencia tienden a realizar cierta acción.

Nosotros buscamos el porqué.

El sistema puede operar con el cada-cuándo.

El mismo mensaje, presentado después de imágenes de violencia, puede encontrar una actitud ya orientada hacia el miedo. La propuesta de castigo comparecerá entonces vestida como protección.

No hace falta ordenar:

“Piensa esto.”

Basta preparar las condiciones para que cierto pensamiento se encuentre al frente del guardarropa cuando llegue la circunstancia.

La contabilidad del Mundo

Si para obtener una acción debo exponer a cincuenta personas, la maquinaria registra:

Cincuenta impresiones. Una conversión. Éxito: más uno.

Pero en las otras cuarenta y nueve también pudieron suceder efluvios: irritación, cansancio, temor, refuerzo de un prejuicio, pérdida de confianza o simple ocupación de un fragmento de vida que no volverá.

La métrica registra la conducta patente.

No registra las disposiciones latentes.

El sistema puede declarar que una intervención sólo “funcionó” en una persona, aunque haya dejado alguna huella en todas.

Si para obtener uno debo consumir cincuenta, el resultado común no es más uno.

Es más uno para quien obtiene y menos cincuenta para aquello que fue utilizado.

Pero la maquinaria sólo contabiliza lo que entra en la columna que ella misma llamó ganancia.

La estadística puede lavar la sangre del verbo:

No se dice “destruimos cincuenta para obtener uno”.

Se dice “alcanzamos una conversión del dos por ciento”.

Infinidad de unos

Así aparecen infinidad de unos, empleados por y para la maquinaria del Mundo.

Un usuario.
Un consumidor.
Un trabajador.
Un voto probable.
Una impresión.
Una unidad de productividad.
Un nivel de riesgo.
Una audiencia.

Cada uno posee cuerpo, historia, contradicciones, relaciones y un tiempo irrepetible. Pero la maquinaria no necesita la persona entera. Necesita obtener algo de ella.

La singularidad se reduce a variable.

Unos diseñan mensajes para modificar a otros unos. Unos observan. Otros producen. Otros consumen. Otros comparten. Cada uno ejecuta una fracción tan pequeña que el resultado completo parece no pertenecerle a nadie.

“Yo sólo diseñé el botón.”

“Yo sólo seguí la instrucción.”

“Yo sólo compartí la noticia.”

“Yo sólo quería entretenerme.”

El resultado total emerge de millones de movimientos mínimos que ninguno reconoce como propios.

El Mundo funciona aquí como estructura de captura: separa al uno de su pertenencia múltiple para volverlo medible, sustituible y utilizable.

La ganancia se concentra.

La pérdida se distribuye.

El cuerpo continúa aquí

La gran contradicción puede mirarse esta mañana desde la puerta.

Nuestro procesador sigue siendo real, orgánico, corporal y limitado. Habita hambre, cansancio, afecto, temor, memoria incompleta y un tiempo que no puede multiplicarse.

Pero las redes de efluvios que lo alimentan contienen cada vez más instancias alejadas de nuestra presencia, nuestra acción y nuestra posibilidad de cotejo.

El procesador continúa siendo local.

La alimentación cognitiva se ha vuelto planetaria.

Podemos mirar durante horas lo que dijo alguien a miles de kilómetros y no advertir el papel tirado en la banqueta. Podemos indignarnos por una injusticia televisada y pasar sin saludar a quien vive junto a nosotros.

No porque lo distante carezca de importancia. Conocer el dolor remoto también puede ensanchar la consideración humana.

El problema aparece cuando aquello sobre lo que tenemos menos capacidad de acción recibe casi toda nuestra atención, mientras aquello sobre lo que sí podemos actuar se vuelve fondo.

El cuerpo continúa habitando aquí.

La conciencia es requerida en todas partes.

Y mientras intentamos juzgar guerras, gobiernos, pueblos, acusados y futuros posibles, las Cosas próximas esperan frente a la puerta.

Volver la cabeza

Salir de la caverna no puede significar destruir todas las pantallas ni desconfiar de toda representación. Dependemos de testimonios, imágenes, palabras, documentos y voces distantes. Una representación puede encerrarnos, pero también puede mostrarnos aquello que nuestra pequeña puerta jamás alcanzaría.

La cuestión es conservar visible la mediación.

Mirar no solamente la figura, sino preguntarnos por la fuente de luz, el ángulo, el recorte, la repetición, la ausencia y el momento de aparición.

Y, sobre todo, recuperar la proporción entre el volumen de cosas que se nos exige juzgar y el tiempo real que poseemos para considerarlas.

Tal vez discernir no consista en carecer de prejuicios, preceptos, actitudes y argumentos. Sin ellos comenzaríamos desde cero a cada instante y la vida sería imposible.

Discernir consiste en impedir que esas piezas cierren para siempre el guardarropa.

Que la Cosa pueda todavía contradecir la estampa.

Que el encuentro presente pueda volver a juzgar aquello con lo que lo hemos juzgado.

Que la conciencia no sea únicamente bodega, sino también taller.

Esta mañana abro la puerta.

Ahí está el buzón.

Ahí está el papel.

Alguien pasa.

Todavía puedo saludar.

Y durante unos cuantos segundos, causa y efecto vuelven a encontrarse dentro del mismo presente.

Quizá salir de la caverna comience así:

no sabiendo más cosas,

sino volviendo a estar disponibles ante alguna.


Bitácora de una construcción entre carbono y silicio

El carbono abrió la puerta.

El silicio ayudó a mirar qué sombras salieron con él.

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