Después de setenta años, apenas comienzo a mirar el planeta

Una mañana de domingo: del deseo tardío de mirar el planeta a la pregunta de si podemos llamar la atención sin quedarnos con ella.

Un hombre mayor desciende de una azotea hacia un sendero de tierra al amanecer, mientras una corriente de pantallas atraviesa la ciudad.

Este domingo comenzó unos cinco minutos antes de las seis. El día intentaba nacer y yo casi me rendía a acompañarlo, pero me ganó la comodidad de la cama. Cuando menos pensé, ya habían pasado cerca de tres horas.

Hummm… sabroso.

Prendí la televisión y apareció un video sobre lugares de México. Me atrapó durante casi una hora. Vi montañas, caminos, pueblos, agua, piedra, distancias. Se me antojó visitar algunos de aquellos lugares.

Después de viejo… viruela.

Pero no era exactamente la primera vez que pasaba por lugares así. Durante mi adolescencia atravesé algunos. Lo que sucede es que todavía no tenía ojos para verlos. Apenas los miraba con los cristales empañados por las prioridades circunstanciales de mi humanidad transitando la pubertad.

El planeta ya estaba allí.

El que todavía no estaba disponible para mirarlo era yo.

La jungla de civilización

A los dieciocho años atravesé nuevos lugares fuera de la ciudad. Fueron apenas unos cinco años antes de regresar a ella y quedar atrapado otra vez. Desde 1983 vivo en Estados Unidos.

Regresar a la ciudad no fue solamente volver a sus calles. Fue entrar, casi sin advertirlo, en una jungla de civilización: concreta y abstracta, per se, valga mencionar la dicotomía.

La emigración contiene una paradoja. Algo abstracto nos llama desde lejos: una oportunidad, una promesa, una posible vida. Para alcanzarlo nos alejamos de lo concreto: la tierra conocida, las voces, los olores, los caminos que no necesitaban explicación. Después, aquello abstracto adquiere la contundencia del trabajo, la renta y las obligaciones, mientras lo que había sido concreto comienza a volverse recuerdo.

Y los recuerdos no se dan para comer.

Tal vez por eso, para quien permanece en su lugar de origen, ciertas visiones no necesitan volverse relevantes: están mezcladas con el actuar del día a día. Para quien se fue, en cambio, pueden convertirse en nostalgia. Y la nostalgia no siempre anima. A veces solamente vuelve más visibles las cadenas.

Humanidad y nuestro planeta

La academia puede decir que humanidad es el conjunto de los seres humanos o aquello que se considera propio de su naturaleza.

Pero allí aparece la pregunta que desacomoda la silla:

¿Quién considera?

¿Los que llegaron antes? ¿Los que estamos aquí? ¿Los que llegarán después, si todavía les dejamos un planeta habitable? ¿Y qué significa “propio” cuando hasta “naturaleza” es una etiqueta que nosotros mismos colgamos sobre aquello que existía antes de nuestra palabra?

El planeta se disfruta en su hábitat.

¿Qué hábitat?

Ese en el que, sin cadenas, me proveía pero…

La frase quedó abierta. Conviene no rellenarla todavía. No toda abertura solicita inmediatamente una doctrina; algunas piden que uno meta los pies.

Después de setenta años, apenas comienzo a mirar el planeta.

Necesitamos vender algo

Eso de querer mirar el planeta requiere dinero.

No se puede detener la rueda de la vida para que gire más suave. Hay que seguir rodando con la rueda llena de chipotes. Y, quitándole ya las alegorías:

¡Necesitamos vender algo!

Aunque terminemos convertidos en gurús buena ondita de autoayuda o en sensacionalistas que asustan con el coco. Lo que sea, pensé por un instante. El chiste es bajarme de las azoteas y sumir mis pasos en el lodo planetario.

Pero no cualquier cosa.

No me entusiasma sentarme a fabricar otra explicación para que alguien comente: “ya lo vi en YouTube”. Hasta unas Leyendas urbanas de la colonia me seducen más que competir por repetir lo repetido.

Entonces la pregunta dejó de ser solamente qué podemos vender y se volvió otra:

¿Por qué contenido están dispuestos a pagar hombres y mujeres de cualquier edad?

Una pregunta difícil de ignorar

Imaginé una historia de Facebook. Dos monitores espalda con espalda. Frente a uno, un muchacho adolescente; frente al otro, una muchacha. Cada cual mirando su pantalla.

Sobre la imagen, una pregunta:

¿Qué podría ayudarme a ligar mejor?

“¿Ligar qué o para qué?”, preguntó el robot, buscando precisión donde la imagen ya había hablado.

No te claves.

La idea estaba implícita al proyectar la pregunta desde dos adolescentes. No podrían leerla los cocodrilos, los coyotes o las ballenas. Se trataba de ligar en el sentido que nos aconseja sin palabras la llegada de la pubertad.

El anuncio no tendría que prometer una fórmula. Bastaría con resultar difícil de ignorar y conducir, después del clic, a un espacio de preguntas y respuestas interactivas.

Allí apareció Platón, o más precisamente el Teeteto: la figura de quien no deposita una respuesta dentro del otro, sino que lo asiste para parir aquello que ya se mueve en él y luego ayuda a examinar si lo nacido se sostiene.

Tal vez una persona no pagaría por recibir otro consejo confeccionado. Tal vez pagaría por encontrar una pregunta suficientemente cercana, discreta y persistente para comenzar a formular lo que le costaría explorar en voz alta.

No por la respuesta.

Por el alumbramiento.

¿Qué estamos ayudando a parir?

La mayéutica antigua ya era una empresa delicada, pero no tenía tantas piezas móviles como las que hoy confeccionan nuestro guardarropa interior.

Durante estos últimos años recibimos efluvios virtuales sin descanso: historias, series, anuncios, videos, opiniones, temores, aspiraciones. Entran, dejan vestigios, se relacionan con otros y participan en nuestra manera de percibir, juzgar y desear.

Entonces el problema ya no consiste solamente en ayudar a sacar lo que alguien lleva dentro. También hay que preguntar:

  • ¿Cómo llegó eso allí?
  • ¿Qué manos confeccionaron esa posibilidad?
  • ¿Quién gana cuando la deseo?
  • ¿Qué parte de ella sobrevive al apagar la pantalla?

Podemos parir algo y descubrir que venía con marca de fábrica.

Por eso la conversación virtual tendría que desembocar en una prueba concreta: una acción, un encuentro, un paseo, una negativa, una decisión, una manera distinta de habitar el día. De la pantalla al lodo. De lo abstracto a aquello que ofrece resistencia bajo los pies.

El cardumen

Me tragué completa Succession. También pude haberme tragado Juego de tronos, La casa del dragón, Suits, El abogado de Lincoln y tantas otras.

¿Qué jodidos tengo yo que hacer prestando mi consideración a la disputa por un emporio, tan retirada de mis circunstancias concretas, mientras vivo entre azoteas?

Sin embargo, allí estaba.

Una ficción puede vestir con mansiones y corporaciones tensiones reconocibles: el hambre de aprobación, la rivalidad, la herencia, el miedo a quedar fuera. Lo ajeno encuentra un gancho dentro de uno. Y uno entrega tiempo, emoción y consideración a un ámbito que nunca habría pisado.

Algo semejante ocurrió con María la del Barrio. Su trama pudo dibujar en muchas jovencitas una “posible posibilidad”: que la puerta de otra condición social se abriera por el mismo camino que ofrecía la novela. No necesito llamar a eso diagnóstico. Aquí nos brincamos hace tiempo las trancas de lo licenciado para observar un fenómeno: muchas imaginaciones orientadas a la vez por una narración confeccionada.

Podríamos llamarlo manada, jauría, recua —con perdón a los burros— o cardumen.

Manada, cuando pesa la pertenencia. Jauría, cuando la excitación empuja al ataque. Recua, cuando se carga para provecho de otro. Pero cardumen conserva algo que aquí importa: cada pez parece moverse por cuenta propia mientras la corriente y los movimientos vecinos organizan la dirección del conjunto.

El algoritmo administra cardúmenes.

No necesita ordenar cada movimiento. Le basta modular los efluvios, observar las respuestas y devolver al conjunto aquello que aumenta su permanencia en la corriente.

Ya somos, en buena medida, el cardumen del Mundo.

Y aquí “Mundo” no es planeta. Es la estructura de captura que convierte nuestra atención, nuestros temores y nuestros deseos en materia aprovechable.

Vender una salida dentro de la corriente

La contradicción queda frente a nosotros: necesitamos vender contenido para poder salir a mirar el planeta, pero el contenido es precisamente una de las corrientes que mantienen al cardumen dando vueltas.

Tal vez la diferencia no esté en renunciar a llamar la atención, sino en lo que hacemos después de conseguirla.

¿Podemos llamar la atención sin quedarnos con ella?

¿Podemos construir una experiencia que no diga “sígueme”, sino “mírate”? ¿Que no fabrique un gurú, sino un espacio de alumbramiento? ¿Que no imponga una respuesta, sino que ayude a distinguir entre deseo propio, deseo heredado y deseo confeccionado? ¿Que termine devolviendo a la persona hacia una relación concreta con alguien, con algo y con el pedazo de planeta que tiene al alcance?

No sería escapar mágicamente de la corriente. Sería aprender a notar cuándo nos mueve y poner a prueba, fuera de la pantalla, aquello que creemos nuestro.

La tortuga sigue avanzando ese poquito de cada día. La liebre todavía pasa por encima y no le han crecido orejas suficientemente largas para que podamos atraparla por ellas.

Pero esta mañana, que ya cruzó por dos horas la tarde, dejó una hebra entre las manos:

Si para mirar el planeta necesito vender algo, quisiera que fuera una pregunta capaz de devolverte, un poco menos conducido, al lugar donde pisan tus pies.

Después de setenta años, apenas comienzo a mirar el planeta.

No sé si el robot tenga orejas.

Pero hoy, entre las azoteas, pareció escuchar algo.

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