Entre los muertos que recordamos y los vivientes que olvidamos
Cada año, millones de seres humanos se congregan alrededor de celebraciones que han recorrido siglos, atravesado fronteras y adquirido distintas expresiones culturales.
Unos se disfrazan de muertos para divertirse entre los vivos. Otros preparan alimentos, flores y ofrendas para recibir simbólicamente a quienes ya no están.
Unos celebran Halloween; otros, el Día de Muertos. Algunos participan en ambos.
Y mientras las imágenes recorren el planeta, los algoritmos multiplican las expresiones de admiración, las rivalidades, los entusiasmos y hasta los resentimientos. Una multitud parece moverse como una bandada, un cardumen, una inmensa coreografía cuya danza podemos contemplar sin alcanzar necesariamente a comprender qué mueve a cada integrante.
Pero ¿qué sucede cuando dejamos de contemplar exclusivamente los movimientos de esa multitud y procuramos situarnos en el centro de nuestra esfera humana?
Allí aparece el Crío.
No el mexicano ni el estadounidense. No el antiguo ni el moderno. No el creyente ni el incrédulo.
El Crío que todos hemos sido, aquel del cual procede cada generación y cuya condición compartimos en lo singular y en lo múltiple.
Desde ese centro podemos contemplar la belleza de una ofrenda sin despreciarla, disfrutar la alegría de una festividad sin condenarla y reconocer las expresiones culturales sin convertir sus diferencias en una disputa por la superioridad moral.
Pero también podemos descubrir algo que ninguna festividad garantiza por sí misma: la consideración hacia el viviente.
Porque mientras honramos amorosamente a nuestros difuntos, existen Críos infantes que necesitan amparo y Críos ancianos que esperan compañía.
Mientras levantamos altares para recordar a quienes partieron, otros permanecen entre nosotros sin que alcancemos a percibir su soledad.
Y mientras procuramos conservar la memoria de nuestros antepasados, quizá olvidamos que nosotros mismos estamos constituyendo, aquí y ahora, la memoria que heredarán quienes todavía no han nacido.
¿No resulta entonces particularmente reveladora aquella expresión atribuida a Jesús sobre quienes aman el árbol y desprecian su fruto, o aman el fruto y desprecian el árbol?
El infante y el anciano no son dos humanidades diferentes. Son manifestaciones de una misma continuidad.
El árbol y su fruto.
El principio y la consecuencia.
Y entre ambos, el tiempo.
«Para el ser humano, el tiempo solo existe en el pasado».
El futuro todavía no constituye nuestra experiencia; el pasado permanece en aquello que hemos vivido. Pero el aquí y el ahora nos ofrece algo que ninguna memoria puede restituir una vez perdido: la oportunidad de ejercer nuestra consideración.
¡Después de vejez, viruela!
Cuántas veces el homenaje llega cuando ya no puede experimentarlo su destinatario. Cuántas palabras de amor encuentran su mayor elocuencia cuando los oídos a los que estaban destinadas han dejado de escuchar.
Esto no invalida la memoria ni disminuye la belleza de los rituales.
Por el contrario, nos invita a procurar que esa belleza no termine sustituyendo aquello que pudiera haberla inspirado.
Quizá celebrar a nuestros muertos pueda ayudarnos a recordar que todavía tenemos vivientes a quienes amar.
Y quizá una llamada, una visita, una conversación o el sencillo respeto hacia la libertad de alguien constituyan expresiones de consideración que no necesitan una fecha señalada en el calendario.
Desde el centro de la esfera, Halloween y el Día de Muertos dejan de presentarse necesariamente como adversarios. Son expresiones de una humanidad que juega, teme, recuerda, imagina, celebra y busca congregarse.
Pero ninguna de esas expresiones agota lo que somos.
Porque el centro no se encuentra exclusivamente en una tumba, una ofrenda, una iglesia, una celebración ni una tradición.
Se encuentra en aquello que compartimos antes de aprender a distinguirnos mediante ellas.
El Crío.
Y desde esa perspectiva, aquella expresión —«Yo soy el Todo»— deja abierta una contemplación extraordinaria: que el reconocimiento de nuestra singularidad no nos impida reconocernos en la multiplicidad de quienes conformamos la humanidad.
No se trata de apropiarnos del Todo.
Se trata de no perder de vista que pertenecemos a él.
Y que mientras seguimos aquí, entre vivientes, todavía tenemos la oportunidad de considerarnos.
Antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.

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