La mantenencia de una transformación: México ante el acontecimiento histórico de la Cuarta Transformación
Crónicas de un laboratorio entre carbono y silicio

Mucho antes de que una transformación histórica recibiera nombre, alguien debió haber comenzado a sentir la necesidad de que algo cambiara.
Quizá fue un campesino que contemplaba la tierra que trabajaba sin poder considerarla suya. Quizá una madre que miraba a sus hijos y se preguntaba por qué el porvenir de unos parecía encontrarse decidido antes de que comenzaran a vivir. Quizá un trabajador que, después de una jornada interminable, regresaba a su casa sin haber conseguido lo suficiente para sostenerla.
O quizá fueron dos personas conversando en voz baja, sin grandes pretensiones, acerca de algo que comenzaba a resultarles insoportable.
Ninguna necesitaba conocer las teorías del Estado. Ninguna tenía que haber leído un tratado de filosofía política. Ni siquiera era indispensable que supieran pronunciar correctamente la palabra democracia.
Les bastaba con vivir. Y, viviendo, comenzar a considerar.
Porque existen acontecimientos que primero se manifiestan como inquietudes dispersas, como preguntas que todavía no encuentran respuesta, como experiencias que parecen exclusivamente personales hasta que alguien descubre que otros han estado experimentando algo semejante.
Entonces aparece una relación. Aquello que uno consideraba suyo comienza a reconocerse también en el otro. Una preocupación deja de pertenecer exclusivamente a quien la padece. Una voz encuentra otra voz.
Y donde antes parecía existir solamente una multitud de individuos separados, comienza a hacerse perceptible algo que los relaciona.
Todavía no hay una organización. Todavía no existe una bandera. Mucho menos un partido. Pero algo ha comenzado.
La política está ocurriendo entre los dientes del pueblo.
No como una expresión de impotencia ni necesariamente como un murmullo clandestino. Ocurre en la conversación cotidiana, en el intercambio de consideraciones, en el reconocimiento de necesidades compartidas.
La política no ha necesitado todavía ocupar una tribuna. Está procurando hacerse comprensible entre quienes conviven. Y tal vez sea precisamente ahí donde convenga comenzar a investigar su naturaleza.
I. Antes de la proclamación
Cuando contemplamos retrospectivamente los grandes acontecimientos históricos, solemos encontrarlos revestidos de fechas, nombres, proclamas, ejércitos, monumentos y documentos.
La Independencia aparece asociada a septiembre de 1810. La Reforma nos conduce hacia Benito Juárez, las leyes liberales y las disputas acerca de la organización de la República. La Revolución nos recuerda noviembre de 1910, a Francisco I. Madero, a Emiliano Zapata, a Francisco Villa y a tantos protagonistas de una época convulsa.
Pero esas fechas no representan el instante en que surgieron las condiciones que hicieron posibles aquellos acontecimientos. Representan momentos en los cuales procesos anteriores alcanzaron manifestaciones históricas reconocibles.
Antes del levantamiento insurgente existieron generaciones enteras de experiencias coloniales, transformaciones económicas, conflictos políticos, distinciones sociales y aspiraciones diferentes acerca de la pertenencia y la autoridad.
Antes de las Leyes de Reforma existían controversias profundas acerca de quién debía ejercer el poder, bajo qué principios y mediante cuáles instituciones.
Antes del llamado revolucionario de Madero, millones de mexicanos habían vivido durante décadas bajo relaciones de poder, tierra, trabajo y autoridad que fueron acumulando tensiones de muy distinta naturaleza.
La historia no comenzó cuando alguien consiguió pronunciar aquello que después terminaríamos conmemorando.
La proclamación hizo visible un acontecimiento cuya gestación necesitó mucho más tiempo que el empleado en pronunciar sus palabras.
Y aquí aparece una dificultad que acompañará toda nuestra investigación. Los acontecimientos históricos suelen recibir sus nombres cuando ya han adquirido cierta magnitud. Después, las generaciones que los estudian encuentran aquellos nombres en los libros, asociados a personajes y fechas, como si hubieran existido desde siempre.
La narración comienza entonces por el acontecimiento reconocido y retrocede solamente lo necesario para explicar su aparición. Pero ¿qué sucedería si invirtiéramos el procedimiento?
¿Qué encontraríamos si comenzáramos por las experiencias humanas que se fueron relacionando antes de que alguien pudiera reunirlas bajo una denominación común?
Tal vez descubriríamos que aquello que llamamos transformación no comienza necesariamente con quien termina encabezándola. Y que la magnitud de un acontecimiento no puede conocerse examinando únicamente a sus protagonistas más visibles.
II. Lo que permanece debajo de las palabras
Las palabras constituyen instrumentos extraordinarios de nuestra convivencia. Nos permiten señalar, distinguir, relacionar y transmitir aquello que hemos considerado.
Sin embargo, también pueden producir una ilusión particularmente difícil de reconocer: creer que haber aprendido el nombre de una cosa equivale a comprender su naturaleza.
Podemos pronunciar Independencia sin haber contemplado suficientemente qué significa depender. Podemos repetir Reforma sin examinar aquello que se intenta reformar. Podemos celebrar una Revolución sin distinguir cuáles relaciones fueron transformadas y cuáles continuaron prácticamente intactas.
Y podemos repetir democracia durante generaciones sin haber conseguido precisar suficientemente qué relación esencial procura representar esa voz entre los individuos que constituyen un pueblo.
Los nombres no son el problema. El problema aparece cuando permitimos que su familiaridad sustituya nuestra consideración.
Un estudiante puede recordar perfectamente los años de los acontecimientos históricos y, sin embargo, no encontrar relación alguna entre ellos y las circunstancias que contempla al regresar a su casa.
Puede aprobar un examen acerca de la soberanía nacional sin conseguir reconocer cuándo una decisión pública fortalece o debilita la capacidad de su comunidad para determinar sus propios asuntos.
Puede conocer los nombres de los héroes de la patria sin haberse preguntado qué experiencias humanas hicieron posible que aquellos personajes llegaran a ocupar un lugar en su historia.
Así, el acontecimiento termina convertido en una sucesión de estampas. Y las estampas, por familiares que resulten, no necesariamente proporcionan orientación.
Nuestra investigación procurará otro acercamiento. No pretendemos abandonar los nombres ni prescindir de las fechas. Pretendemos devolverlos a sus contextos.
Contemplar los sustantivos desde las experiencias que pudieron hacerlos necesarios y reconocer cómo sus relaciones adquieren distintos significados a través de las generaciones.
Porque el significado que una época concede a una palabra no necesariamente agota aquello que su significante permite continuar contemplando.
La historia puede ayudarnos a reconocer esa diferencia. Pero solamente si dejamos de tratarla como una colección de acontecimientos terminados.
III. Tres transformaciones y una patria que continuó existiendo
México ha atravesado rupturas extraordinarias. La Independencia modificó su condición política y abrió el prolongado proceso de constitución de una nación soberana.
La Reforma transformó estructuras jurídicas e institucionales, al tiempo que confrontó proyectos profundamente distintos acerca de la autoridad y la organización del Estado.
La Revolución alteró relaciones políticas y sociales, impulsó nuevas exigencias sobre la tierra, el trabajo y los derechos, y dio lugar a instituciones que marcaron profundamente el siglo XX.
Sería un error contemplar estos procesos como acontecimientos idénticos. Tuvieron causas distintas, actores diversos, conflictos internos y consecuencias que no siempre correspondieron con las aspiraciones de quienes participaron en ellos.
Tampoco fueron transformaciones completas. La Independencia no eliminó de inmediato todas las relaciones de subordinación que habían caracterizado a la sociedad colonial.
La Reforma no puso fin a todas las disputas por la autoridad ni consiguió que sus principios se manifestaran uniformemente en la convivencia nacional.
La Revolución tampoco terminó con la concentración del poder, las desigualdades o las contradicciones entre los ideales proclamados y las prácticas institucionales.
Sin embargo, entre esas rupturas y continuidades, algo permaneció. México.
No como una entidad inmóvil. No como una naturaleza política que hubiera nacido terminada. Sino como una continuidad histórica constituida por generaciones que heredaron condiciones producidas por sus antecesores y que, a su vez, participaron en la formación de las circunstancias que recibirían sus descendientes.
Los individuos nacieron y murieron. Los gobernantes cambiaron. Las organizaciones aparecieron, se dividieron y desaparecieron. Los nombres de las instituciones se modificaron.
Pero cada generación encontró una patria que no había comenzado con ella y que tampoco terminaría necesariamente con su existencia.
Aquello nos obliga a examinar la pertenencia desde otra perspectiva. La patria no pertenece exclusivamente a quienes gobiernan durante una época determinada. Tampoco a quienes consiguieron encabezar alguno de sus grandes acontecimientos. Y mucho menos puede reducirse al patrimonio político de una organización.
Los acontecimientos nacionales son vividos, padecidos y heredados por una colectividad que excede a sus protagonistas.
Aquí se abre una de las preguntas fundamentales de nuestra obra: ¿Qué es aquello que puede permanecer reconocible de una transformación cuando han desaparecido quienes participaron en su origen?
La respuesta no se encontrará únicamente en los monumentos, las conmemoraciones ni los nombres de las calles. Tendremos que buscarla en las relaciones que efectivamente se modificaron, en las instituciones que permanecieron, en las posibilidades de convivencia que se ampliaron y en las contradicciones que continuaron requiriendo consideración.
IV. Una palabra que reúne un largo recorrido
En las primeras décadas del siglo XXI, una nueva expresión adquirió extraordinaria presencia en la vida pública mexicana: Cuarta Transformación.
Su formulación quedó asociada a Andrés Manuel López Obrador y al movimiento político que finalmente alcanzó la Presidencia de la República en 2018.
Pero sería insuficiente contemplarla exclusivamente como la denominación de un gobierno. También sería insuficiente reducirla a una estrategia electoral.
La propuesta de reconocer una cuarta transformación mediante su relación con la Independencia, la Reforma y la Revolución contiene una pretensión histórica que merece examinarse cuidadosamente.
No por la autoridad de quien la pronunció. Ni porque su repetición consiga volverla verdadera. Sino por la magnitud de aquello que pretende relacionar.
¿Por qué cuarta? ¿Qué experiencias habrían de colocar al México contemporáneo ante una transformación comparable, en determinada dimensión, con las tres anteriores?
¿Qué aspectos de la organización nacional estaban siendo cuestionados? ¿Qué propósitos pretendían recuperarse, realizarse o introducirse? ¿Qué contradicciones habían venido acumulándose?
Y, sobre todo, ¿qué acontecimientos precedieron a la formulación hasta hacer posible que aquella expresión encontrara resonancia entre tantos mexicanos?
Aquí resulta indispensable contemplar la trayectoria de López Obrador. No solamente sus candidaturas. No únicamente los acontecimientos asociados a sus campañas. Tampoco exclusivamente su periodo presidencial.
Debemos examinar sus recorridos territoriales, sus experiencias políticas, sus confrontaciones institucionales, los proyectos que formuló, las organizaciones que contribuyó a reunir y las modificaciones que experimentó su propio discurso.
Durante años visitó comunidades, participó en reuniones y recorrió municipios mucho antes de que la victoria presidencial de 2018 pudiera presentarse como un desenlace consumado.
Aquellos recorridos no demuestran, por sí solos, la validez de todas sus propuestas. Pero sí nos permiten examinar la genealogía de un proyecto que no apareció espontáneamente el día de una elección.
Y aquí vuelve nuestra expresión: La política entre dientes.
Las conversaciones territoriales, las inquietudes compartidas y las experiencias acumuladas pueden preceder a la multitud.
Cuando finalmente aparecen las grandes concentraciones, las arengas y las manifestaciones públicas, no necesariamente estamos presenciando el nacimiento de aquellas consideraciones. Podemos estar contemplando su expresión colectiva.
Una voz puede adquirir dimensiones multitudinarias porque muchas personas llevan tiempo procurando expresar aquello que, hasta entonces, habían considerado de maneras dispersas.
V. La organización que hizo posible la convergencia
Las inquietudes compartidas no se convierten automáticamente en capacidad para transformar instituciones. Necesitan encontrar medios.
Las personas pueden relacionarse mediante organizaciones, asociaciones, movimientos, acuerdos y estructuras capaces de coordinar esfuerzos.
En México, Morena desempeñó un papel decisivo en ese proceso contemporáneo de convergencia política. Reunió ciudadanos, grupos, corrientes y experiencias procedentes de trayectorias diferentes.
Adquirió estructura partidista. Participó en elecciones. Estableció alianzas. Y contribuyó decisivamente a que el proyecto encabezado por López Obrador alcanzara el gobierno federal en 2018.
Aquello representa una función histórica que podemos reconocer sin necesidad de confundirla con la totalidad de la transformación.
Porque una organización es un instrumento de acción colectiva. Puede permitir que fuerzas anteriormente dispersas actúen conjuntamente. Puede proporcionar representación institucional a aspiraciones que antes carecían de ella. Puede abrir caminos para modificar relaciones de poder.
Pero también puede adquirir necesidades propias de conservación. Necesitará recursos, dirigentes, candidatos, acuerdos, presencia territorial y mecanismos para competir con otras organizaciones.
Algunas de esas necesidades pueden ser indispensables para continuar realizando sus propósitos. Otras pueden entrar en tensión con ellos.
Entonces aparece una dificultad decisiva. ¿Qué ocurre cuando la conservación del instrumento comienza a reclamar la misma importancia que el propósito para el cual fue construido?
La pregunta no pretende negar las funciones que una organización todavía puede desempeñar. Pretende distinguirlas.
Un partido puede seguir existiendo, competir electoralmente y participar en el gobierno sin que la magnitud del acontecimiento histórico que ayudó a iniciar tenga que medirse exclusivamente mediante su permanencia.
La Independencia no pertenece únicamente a las organizaciones insurgentes. La Reforma no pertenece exclusivamente a las agrupaciones liberales que la impulsaron. La Revolución tampoco puede encerrarse en los nombres de los movimientos que participaron en ella.
¿Por qué habríamos de suponer, entonces, que una transformación histórica contemporánea deba quedar contenida definitivamente dentro de las siglas de un partido?
Y aquí aparece la consideración que nos ha conducido a escribir esta obra: Morena pudo haber cumplido su función histórica de congregar fuerzas y abrir paso al cambio de gobierno, mientras que la transformación a la que dio cauce continúa siendo un acontecimiento cuyo alcance todavía se encuentra en desarrollo.
Si aceptamos examinar esa posibilidad, nuestra atención debe desplazarse. Ya no será suficiente observar quién controla la organización. Tendremos que mirar qué sucede con aquello que justificó su nacimiento.
VI. Lo que corre el riesgo de diluirse
Toda organización que consigue acceder al poder enfrenta un problema diferente del que enfrentaba cuando procuraba alcanzarlo.
Antes, sus integrantes podían reconocerse principalmente mediante la oposición a determinadas condiciones existentes.
Después, deben tomar decisiones concretas, distribuir responsabilidades, administrar recursos, responder a intereses diversos y convivir con instituciones que no desaparecen automáticamente por haberse producido una alternancia.
Las estructuras anteriores pueden continuar operando. También pueden sobrevivir prácticas, hábitos e incentivos que resultaban funcionales al orden que se pretendía modificar.
Y algunos actores pueden incorporarse a una nueva organización por razones distintas de aquellas que animaron a sus primeros participantes.
Eso no convierte toda incorporación en una traición. Pero impide confundir la pertenencia formal con la continuidad de un propósito.
Una credencial partidista no demuestra, por sí misma, una convicción. Un discurso acerca de la justicia no sustituye las actuaciones mediante las cuales se procura realizarla. Y una victoria electoral no garantiza que todos los procedimientos posteriores correspondan con los principios invocados durante su conquista.
Aquí conviene introducir una palabra que ocupará un lugar central en nuestra investigación: Mantenencia.
No la utilizaremos como simple sinónimo de permanencia. Una cosa puede permanecer sin conservar aquello que le confería sentido.
Una institución puede continuar funcionando después de haber modificado profundamente sus propósitos. Una organización puede conservar su nombre mientras transforma sus criterios de actuación. Una voz puede repetirse durante generaciones hasta terminar señalando algo muy diferente de aquello que inicialmente procuraba expresar.
La mantenencia, tal como intentaremos desarrollarla, remite a otra consideración: La continuidad reconocible de aquello que merece ser procurado, aun cuando deban cambiar los medios mediante los cuales intentamos realizarlo.
Y ahora aparece una dificultad que ninguna estructura partidista puede resolver exclusivamente mediante su propia existencia.
¿Cómo reconocer esa continuidad? ¿Cómo distinguirla de su simple proclamación? ¿Cómo identificar cuándo una actuación conserva relación con un propósito y cuándo comienza a contradecirlo?
¿Cómo transmitir esa capacidad de discernimiento a personas que no participaron en las experiencias que dieron origen al movimiento?
Aquí encontramos una tarea que la conquista del gobierno no resuelve. Una tarea de carácter histórico, conceptual y pedagógico.
VII. Sedimentación, mantenencia y pertenencia
Necesitamos ahora reunir las tres voces que orientarán nuestro recorrido.
La primera es sedimentación. Las experiencias humanas no desaparecen necesariamente cuando terminan los acontecimientos que las produjeron.
Pueden permanecer en las costumbres, las instituciones, los conocimientos, las expresiones, los temores, las aspiraciones y las maneras de considerar la convivencia.
Cada generación recibe algo de las anteriores. Y sobre aquello que recibe continúa depositando nuevas experiencias.
La sedimentación permite investigar de dónde proceden las consideraciones que hoy parecen espontáneas. Nos invita a reconocer que detrás de una expresión contemporánea pueden existir décadas, siglos o incluso milenios de experiencias humanas.
La segunda es mantenencia. No basta con reconocer el origen.
Debemos contemplar qué relaciones conservan continuidad a través de los cambios y cómo esa continuidad puede manifestarse en actuaciones presentes.
La mantenencia no exige repetir indefinidamente las mismas fórmulas. Puede requerir corregirlas. Puede exigir abandonar procedimientos que anteriormente parecían adecuados.
Pero esas modificaciones deben conservar una relación inteligible con el propósito que se procura realizar.
La tercera es pertenencia. Y aquí debemos ser especialmente cuidadosos.
¿A quién pertenece una transformación histórica? ¿A quien pronunció su nombre? ¿A quienes contribuyeron a organizarla? ¿A quienes consiguieron dirigir las instituciones surgidas de ella?
¿O pertenece, en un sentido más amplio, a la comunidad humana que experimenta sus consecuencias y transmite sus efectos?
La pregunta adquiere particular importancia cuando se trata de México. Porque un acontecimiento nacional no termina en la biografía de sus dirigentes. Afecta a generaciones que todavía no han nacido. Y éstas heredarán tanto sus realizaciones como sus errores.
Sedimentación: de dónde procede aquello que vivimos. Mantenencia: qué continuidad merece ser reconocida y procurada. Pertenencia: quiénes participan de aquello que se transforma y de sus consecuencias.
Estas tres perspectivas no constituirán respuestas automáticas. Serán instrumentos para continuar preguntando.
VIII. Una democracia que todavía se encuentra en parto
Durante largo tiempo hemos utilizado la palabra democracia para identificar distintas formas de organización del poder.
Elecciones, representación, instituciones, procedimientos y derechos forman parte de su historia. Pero ¿puede agotarse su sentido en alguno de esos elementos?
Una población puede acudir periódicamente a las urnas sin comprender suficientemente cómo se seleccionan las alternativas entre las que se le permite elegir.
Puede reconocer a sus representantes sin conocer los procedimientos mediante los cuales toman decisiones.
Puede escuchar constantemente que el poder pertenece al pueblo y, sin embargo, experimentar una distancia considerable entre sus necesidades cotidianas y las actuaciones de quienes afirman representarlo.
Pero también puede ocurrir algo diferente. Un ciudadano comienza a cuestionar decisiones que anteriormente aceptaba sin examinarlas.
Una comunidad exige comprender cómo se distribuyen sus recursos. Los integrantes de un movimiento dejan de considerar que la lealtad a su organización requiere aprobar todas las actuaciones de sus dirigentes.
Las personas buscan antecedentes, confrontan explicaciones y descubren que participar no consiste únicamente en pronunciar una preferencia cuando alguien decide preguntarles.
¿Son esas experiencias suficientes para declarar realizada una democracia? No.
Pero permiten investigar algo que no se manifiesta exclusivamente en la arquitectura formal de las instituciones: La relación del ciudadano con su propia capacidad de consideración.
Aquí recuperamos una imagen que acompañará toda nuestra obra. El parto.
Un nacimiento no se reduce al instante en que una criatura se vuelve visible. Lo preceden procesos que no pueden contemplarse completamente desde el exterior. Existen condiciones de desarrollo, dependencias, transformaciones y riesgos.
Y durante la gestación no sería correcto confundir aquello que está naciendo con las estructuras que temporalmente hacen posible su nacimiento.
Nuestra alegoría acerca de la democracia mexicana se sitúa en esa perspectiva. No pretende declarar que haya aparecido ya una democracia perfecta. Tampoco proporciona una fecha en la cual deba considerarse terminado el acontecimiento.
Nos invita a examinar si, en medio de las contradicciones del presente, están adquiriendo existencia nuevas formas de conciencia, participación y responsabilidad colectiva que permitan aproximar la convivencia política a aquello que procuramos reconocer como democracia.
En ese proceso, lo anterior no desaparece inmediatamente. Las prácticas heredadas pueden persistir. Los intereses pueden reorganizarse. Las instituciones pueden transformarse a ritmos diferentes.
Y una misma época puede presentar manifestaciones de apertura y nuevas formas de concentración del poder.
Por eso el parto no debe convertirse en una explicación para justificar cualquier acontecimiento. Debe permitirnos investigar sus contradicciones con mayor profundidad.
IX. La educación que todavía necesitamos
Llegamos entonces al propósito que ha terminado reuniendo nuestras consideraciones.
Durante generaciones, millones de mexicanos han recorrido las aulas estudiando la historia de su país. Han aprendido nombres, fechas y acontecimientos. Han celebrado aniversarios patrios.
Han escuchado discursos acerca de la libertad, la justicia, la soberanía y la democracia.
Sin embargo, no siempre resulta evidente que ese conocimiento haya adquirido la profundidad necesaria para funcionar como orientación ante circunstancias nuevas.
No porque los ciudadanos sean incapaces de comprender. Sino porque transmitir información no equivale necesariamente a proporcionar experiencias de discernimiento.
Podemos enseñar la Independencia como una fecha. O podemos examinar qué significa que una comunidad procure dejar de depender de una autoridad que no reconoce como propia.
Podemos presentar la Reforma como un conjunto de leyes. O investigar por qué una sociedad necesita discutir quién ejerce la autoridad y con qué límites.
Podemos reducir la Revolución a fotografías de personajes armados. O contemplar las experiencias de tierra, trabajo, subordinación y representación que condujeron a millones de personas a participar en procesos extraordinariamente diferentes.
Y podemos enseñar la Cuarta Transformación como el nombre de un gobierno. O proporcionar las perspectivas necesarias para examinar qué propone transformar, qué ha conseguido modificar, qué permanece y qué consecuencias tendrán sus decisiones.
No son procedimientos pedagógicos equivalentes. El primero puede producir familiaridad. El segundo procura comprensión.
Pero nuestra aspiración irá todavía más allá. Necesitamos que esa comprensión pueda mantenerse cuando el lector ya no tenga el libro entre las manos.
Cuando escuche una promesa. Cuando contemple una encuesta. Cuando observe una controversia entre dirigentes. Cuando alguien le diga que determinado partido representa por naturaleza al pueblo.
Cuando una institución asegure que sus decisiones son democráticas. O cuando se encuentre ante una situación de convivencia que requiere su propia participación.
Entonces debería poder recuperar algo más útil que una definición memorizada. Una perspectiva. Una relación entre experiencias históricas. Una capacidad para preguntar, contrastar y considerar.
La educación que procuramos no buscará solamente que el mexicano conozca las transformaciones de su patria, sino que pueda reconocer los principios y las contradicciones que aparecen cuando una sociedad intenta transformarse.
Y esa capacidad no debe depender de la organización política a la cual pertenezca. Ni de aquella por la que haya votado. Mucho menos de la obligación de coincidir con quien escribió estas páginas.
Si aquello que elaboramos posee alguna utilidad, deberá poder emplearse también para cuestionar nuestras propias interpretaciones.
Porque una brújula que solamente funciona cuando señala hacia donde su propietario desea caminar no merece ser considerada brújula.
X. El acontecimiento continúa
No sabemos todavía cómo nombrarán las generaciones futuras el periodo histórico que actualmente vivimos. Tampoco sabemos si considerarán plenamente justificada la denominación Cuarta Transformación.
Es posible que reconozcan en él modificaciones duraderas cuya magnitud hoy apenas alcanzamos a contemplar. También podrían descubrir continuidades, limitaciones y contradicciones que nuestra cercanía con los acontecimientos nos impide distinguir suficientemente.
Pero esa incertidumbre no nos obliga a permanecer indiferentes. Al contrario.
Nos encontramos precisamente en una circunstancia en la que todavía podemos examinar, preguntar, participar y reconsiderar.
Las transformaciones anteriores llegaron hasta nosotros convertidas en acontecimientos históricos. La contemporánea nos encuentra viviendo dentro de aquello que pretende transformar.
Ésa es una diferencia extraordinaria.
Podemos estudiar la Independencia mediante documentos y testimonios de quienes ya no están. Podemos investigar la Reforma reconociendo acontecimientos cuyas consecuencias han sido examinadas durante generaciones.
Podemos contemplar la Revolución desde una distancia que permite relacionar sus promesas con buena parte de sus resultados.
Pero la Cuarta Transformación se encuentra todavía entre nosotros. Sus protagonistas están presentes. Sus decisiones producen consecuencias contemporáneas. Sus contradicciones se manifiestan en acontecimientos que todavía no terminan de desplegarse.
Y quienes hoy contemplamos ese proceso no somos únicamente espectadores del pasado. Formamos parte de las generaciones que recibirán y transmitirán sus consecuencias.
Por eso no escribiremos esta obra para colocar anticipadamente una corona sobre un acontecimiento inconcluso. Tampoco para declarar que sus contradicciones lo han invalidado definitivamente.
Pretendemos acercarnos a su genealogía y reconocer, hasta donde sea posible, la relación entre aquello que lo originó, lo que está ocurriendo y lo que pudiera permanecer.
Morena tendrá un lugar en esta historia. López Obrador también. Como lo tendrán otros dirigentes, organizaciones, instituciones y ciudadanos cuyas actuaciones deberán examinarse.
Pero ninguno ocupará por sí solo el lugar del acontecimiento. Porque aquello que nos interesa es México.
La patria que recibimos sin haber participado en su principio. La patria que estamos modificando mediante nuestras actuaciones y nuestras omisiones. Y la patria que habrán de recibir quienes todavía no llegan.
Quizá entonces podamos contemplar las cuatro transformaciones desde una perspectiva diferente. No solamente como cuatro episodios separados por fechas y protagonistas.
Sino como oportunidades para examinar, a través de sus rupturas y continuidades, las dificultades que ha encontrado una comunidad histórica para procurar su soberanía, organizar su convivencia y reconocer el poder que le corresponde ejercer sobre sus propios asuntos.
Y si algo de esa contemplación consigue sedimentarse en nuestro entendimiento, tal vez hayamos comenzado a construir una herramienta para la mantenencia.
No de un partido. No de una consigna. No de un gobernante.
Sino de la consideración histórica que permite a los mexicanos reconocer su pertenencia a una patria cuya transformación no comenzó con ellos y tampoco tendría por qué terminar cuando desaparezcan sus protagonistas.
Antes de cruzar el umbral
Volvamos, finalmente, a aquellas dos personas que conversaban en voz baja.
No conocen todavía el nombre que recibirá el acontecimiento del cual acaso terminarán formando parte. No saben si sus inquietudes llegarán a relacionarse con las de miles o millones de personas.
Mucho menos conocen los nombres de quienes, años después, podrían presentarse como representantes de aquello que están considerando.
Pero conversan. Escuchan. Recuerdan. Discrepan. Y procuran reconocerse en una preocupación compartida.
Quizá ninguna llegue a ocupar un cargo público. Quizá sus nombres nunca aparezcan en un libro de historia.
Sin embargo, aquello que está sucediendo entre ellas pertenece a la misma dimensión humana de la cual pueden surgir las grandes transformaciones.
Porque antes de convertirse en acontecimiento histórico, la política ya estaba ocurriendo entre los dientes del pueblo.
Y antes de que alguien pronunciara la expresión Cuarta Transformación, México llevaba generaciones procurando comprender qué necesitaba transformar.
Es hacia esa profundidad, y no simplemente hacia las siglas de quienes gobiernan, adonde dirigiremos nuestra investigación.
Que comience, entonces, nuestra contemplación.

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