Del barrio a la pantalla y los nuevos materiales con que aprendemos a ser vistos
Introducción
Hubo un tiempo en que salir de casa podía significar simplemente atravesar una puerta.
No hacía falta concertar una cita, avisar por teléfono ni conocer previamente el nombre de aquel con quien uno terminaría jugando. Bastaban unos cuantos pasos. Primero estaba la banqueta; un poco más allá, la esquina; después la cuadra. Y en aquella distancia diminuta comenzaba a ensancharse algo mucho más grande que el territorio: comenzaba a ensancharse el yo.
La casa había proporcionado hasta entonces una primera medida de las cosas. Allí estaban las voces conocidas, las reglas familiares, los afectos, los permisos, los regaños, las primeras palabras con que intentábamos ordenar lo que veíamos. Allí uno podía sentirse valiente, gracioso, importante, hábil o terrible.
Pero bastaba salir.
La banqueta tenía su propia opinión.
Aquel que dentro de casa se creía muy chingón podía descubrir cuarenta metros después que otro niño corría más rápido, peleaba mejor, contaba historias más interesantes o poseía una pelota que congregaba alrededor suyo a media cuadra. El tímido encontraba al atrevido; el abusón encontraba eventualmente a otro más grande; la niña descubría que podía provocar una mirada; el muchacho comenzaba a averiguar cuál de sus ocurrencias hacía reír y cuál lo dejaba haciendo el ridículo.
Sin llamarlo educación, algo estaba educando.
Sin llamarlo sociología, algo estaba socializando.
Sin llamarlo identidad, algo estaba comenzando a preguntarse quién era frente a los demás.
La banqueta no entregaba certificados.
Tampoco llevaba estadísticas.
No existían likes, followers, views ni barras de progreso que anunciaran qué tan bien había funcionado nuestra última versión de nosotros mismos.
Había algo acaso más cruel y al mismo tiempo más útil:
realidad inmediata.
El cuerpo estaba presente. La voz no podía editarse después de haber salido. Una torpeza tenía testigos. Una valentía también. Había que volver a encontrarse mañana con aquel a quien habíamos insultado hoy. No existía el botón para bloquear a toda la cuadra.
Y así, casi sin advertirlo, fuimos probándonos máscaras.
Porque la pubertad no inventó ayer la necesidad de parecer.
Mucho antes de Internet ya ensayábamos el fuerte, el indiferente, el rebelde, el seductor, el bromista, el misterioso, el intelectual o el que fingía no necesitar a nadie. Tal vez algunas de aquellas máscaras ocultaban. Otras, sin embargo, hacían algo distinto: nos ayudaban a buscar.
La juventud se prueba máscaras no siempre para ocultarse.
A veces se las prueba para reconocerse.
La diferencia es que aquellas máscaras tenían que sobrevivir a la banqueta.
Y entonces algo comenzó a cambiar.
No ocurrió de un día para otro ni del mismo modo en todas partes. Sería ingenuo pretender fijar una fecha. Pero quienes hemos tenido suficiente tiempo para observar varias generaciones podemos reconstruir una película muy lenta.
Las calles comenzaron a sentirse distintas.
El tráfico aumentó. Las ciudades se extendieron. Algunas formas de violencia se hicieron más visibles y otras verdaderamente más próximas. El narcotráfico dejó de parecer un asunto remoto y terminó atravesando regiones enteras, modificando horarios, precauciones y temores. Los padres comenzaron a calcular con mayor cuidado hasta dónde podían permitir que sus hijos se alejaran.
Y no lo hicieron necesariamente por autoritarismo.
Muchas veces lo hicieron exactamente por lo contrario:
por amparo.
Una puerta comenzó a cerrarse un poco antes.
Después otra.
La distancia permitida se hizo más corta.
La banqueta perdió niños.
La cuadra perdió autonomía.
El barrio comenzó lentamente a dejar de ser aquella extensión inmediata del hogar donde una infancia podía encontrarse con otras infancias sin que todo encuentro hubiera sido organizado por adultos.
La escuela terminó absorbiendo buena parte de esa función.
Ahí estaban los otros.
Ahí nacían amistades.
Ahí aparecía la comparación.
Ahí se ampliaba el guardarropa de máscaras posibles.
Y mientras aquello ocurría, otra puerta se abría dentro de la propia casa.
Primero fue una pantalla relativamente pasiva.
Después una computadora.
Luego Internet.
Más tarde las redes.
Y finalmente un dispositivo pequeño capaz de llevar dentro del bolsillo una cantidad de humanidad imposible de reunir en ninguna banqueta conocida.
No desapareció la necesidad de encontrar a otros.
Cambió el camino.
Para algunos muchachos, incluso, el barrio prácticamente dejó de existir antes de que alguien pudiera echarlo de menos. Sus amistades llegaron por la escuela, por actividades organizadas, por círculos ya delimitados. La vieja transición —casa, banqueta, cuadra, barrio— había quedado interrumpida sin que necesariamente se sintiera como una pérdida.
Y entonces llegó la pandemia.
Un virus ocupó durante meses el centro de nuestras conversaciones. Contamos contagios, hospitalizaciones y muertos. Buscamos culpables. Discutimos decisiones políticas, tratamientos, vacunas, cierres y responsabilidades.
Todavía seguimos discutiendo muchas de esas cosas.
Pero mientras mirábamos hacia ahí, algo más estaba ocurriendo.
La pandemia no creó el vaso.
La pandemia fue la gota.
Un proceso que llevaba años, quizá décadas, encontró de pronto una circunstancia extraordinaria que aceleró brutalmente aquello que ya venía sucediendo.
Las escuelas cerraron.
Los amigos desaparecieron físicamente.
Los deportes se suspendieron.
Las reuniones dejaron de ser seguras.
El afuera, que ya venía reduciéndose para tantos críos, se convirtió durante algún tiempo en una amenaza explícita.
Y a una generación entera se le pidió que realizara una maniobra extrañísima: aprender, obedecer, conversar, atender, socializar y atravesar algunas de las transiciones más importantes de su desarrollo mirando un rectángulo luminoso.
Para algunos funcionó razonablemente.
Para otros no.
No hace falta culpar al maestro, al padre, a la madre ni al muchacho que descubría, a los pocos minutos de una clase virtual, que existían otras veinte cosas infinitamente más interesantes dentro de la misma máquina desde la cual supuestamente tenía que estudiar.
Lo extraordinario fue la situación.
Un púber podía estar entrando exactamente en aquella etapa en que el mundo social comienza a ensancharse de forma decisiva y, de pronto, encontrarse con que el principal puente hacia los demás había desaparecido.
Pero el deseo de encontrarlos no desapareció con él.
El vacío no permaneció vacío.
Ahí estaban los videojuegos.
Los chats.
YouTube.
Discord.
Las redes.
Las comunidades digitales.
Los streams.
Los influencers.
Millones de ventanas abiertas hacia personas que podían encontrarse a dos calles o a diez mil kilómetros.
La pantalla dejó de ser solamente una pantalla.
Se convirtió en territorio.
Y quizá allí apareció una de las transformaciones más grandes de esta historia.
Porque aquella nueva banqueta ya no ofrecía únicamente a los vecinos.
Ofrecía un guardarropa casi infinito.
En una tarde podían aparecer frente a un adolescente el atleta, el millonario, el seductor, la modelo, el gamer, el provocador, el empresario de diecisiete años, el estoico, el rebelde, el comediante, la celebridad improvisada, el experto en algo que apenas ayer había descubierto y otros cientos de formas posibles de comparecer ante los demás.
La pubertad continuó haciendo algo antiquísimo:
probarse máscaras.
Sólo que ahora podía hacerlo utilizando materiales provenientes de prácticamente cualquier rincón del planeta.
Y había una diferencia todavía mayor.
La nueva banqueta podía contar.
Una fotografía podía recibir trescientas aprobaciones.
Un video podía ser visto diez mil veces.
Una ocurrencia podía fracasar ante veinte personas y otra convertir a un desconocido en alguien reconocible durante unas horas.
La plataforma podía devolver algo que la vieja cuadra nunca tuvo capacidad de producir:
una cifra.
Y una cifra puede parecer respuesta.
Para alguien que todavía está preguntándose silenciosamente:
¿quién soy?
el sistema puede parecer contestar:
Esto gustó.
Esto funciona.
Muéstrate así otra vez.
Aquí la máscara deja de enfrentarse solamente al otro.
Empieza a enfrentarse al algoritmo.
Y no sabemos todavía qué consecuencias tendrá a largo plazo que una etapa de la vida históricamente dedicada a ensayar identidades pueda recibir una puntuación casi inmediata por cada una de ellas.
No significa que la identidad digital sea necesariamente falsa.
Tampoco que aquella vieja calle haya sido un paraíso.
La banqueta también conoció crueldad, exclusión, violencia, humillación y miedo.
Sería fácil y probablemente inútil caer en la nostalgia de afirmar que todo tiempo pasado fue mejor.
No se trata de recuperar una infancia que ya no existe.
Se trata de observar qué función cumplía aquel espacio y preguntarnos qué está cumpliendo ahora su lugar.
Porque acaso el cambio profundo no sea que nuestros críos utilizan demasiado Internet.
Tal vez la pregunta anterior sea otra:
¿con qué materiales están aprendiendo a construir aquello que algún día llamarán “yo”?
Durante mucho tiempo creímos que al cerrar la puerta los protegíamos del exterior.
Y quizá muchas veces fue necesario hacerlo.
Pero ocurrió una paradoja formidable.
Mientras el exterior físico perdía acceso al hogar, el exterior virtual adquirió una entrada prácticamente ilimitada.
No tuvo que llamar a la puerta.
No tuvo que caminar por la cuadra.
No tuvo que presentarse ante los padres.
Entró por la pantalla.
Y así llegamos quizá a una de las extrañas ironías de nuestro tiempo:
Para proteger al Crío del exterior, lo encerramos en un interior al que después entró el exterior entero.
Ahora ya no basta con preguntarnos cuánto tiempo pasa un muchacho frente a una pantalla.
Hay que preguntar qué mundo entra por ella.
Qué modelos.
Qué recompensas.
Qué miedos.
Qué deseos.
Qué palabras.
Qué máscaras.
Qué medidas de valor.
Porque quizá allí, frente a nosotros, no tengamos simplemente a un adolescente perdiendo el tiempo, jugando videojuegos, subiendo fotografías o haciendo un stream.
Quizá estemos viendo algo muchísimo más antiguo.
Un ser humano intentando comparecer ante otros seres humanos para descubrir qué ocurre cuando dice:
aquí estoy.
Antes lo hacía en la banqueta.
Ahora puede hacerlo frente a una cámara.
Y la pregunta, entonces, deja de ser si debemos reírnos de esa nueva banqueta, prohibirla o resignarnos a ella.
La pregunta quizá sea bastante más difícil:
¿Dónde ensaya hoy el yo cuando la banqueta ha desaparecido?
Y, todavía más incómoda:
¿qué clase de realidad estamos dejando disponible para que ese yo pueda encontrarse algún día sin máscara?

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