La otra cara de la misma luna

México obtuvo su Independencia antes de que el mexicano pudiera comenzar a ejercer su independencia. Una exploración sobre el nosotros, la herencia colonial y la otra cara que devuelven los ojos de otros pueblos.

Un técnico astronauta contempla las dos caras de una misma Luna donde la historia de México y las miradas de otros pueblos se encuentran.

De la Independencia proclamada a la independencia que todavía se está pariendo

Introducción

Dentro de unas cuantas horas, México volverá a pronunciar el Grito.

Las plazas se llenarán. Las campanas resonarán. La bandera recorrerá el aire y los nombres conocidos volverán a comparecer desde los balcones, las escuelas, las pantallas y los desfiles. Hidalgo, Allende, Aldama, Josefa Ortiz de Domínguez, Morelos, Guerrero y tantos otros serán convocados una vez más para recordar aquella madrugada y la larga guerra mediante la cual comenzó a romperse el vínculo político con la monarquía española.

Repetiremos que México obtuvo su Independencia.

La afirmación es históricamente legítima. Sin embargo, la cercanía de la ceremonia quizá también nos permita detenernos ante una pregunta que el estruendo de los cohetes y las campanas suele dejar suspendida en el aire:

¿De parte de quién comenzó a pronunciarse aquella Independencia?

La pregunta no intenta disminuir a quienes participaron en ella ni disputar la dignidad de la conmemoración. Tampoco pretende reemplazar una historia oficial con otra. Nació de una interrupción mucho más pequeña: detener un video, regresar unas palabras y observar cuidadosamente una frase que parecía apenas otro dato entre los antecedentes del movimiento independentista.

El texto decía:

“Grupos de criollos se organizan y proponen en el Ayuntamiento de la Ciudad de México que la soberanía del rey depuesto la ejercieran los habitantes de América, representados por los cabildos constituidos.”

Cápsula Humanismo Mexicano sobre José María Morelos y el inicio de la lucha por la Independencia, presentada en la Mañanera del Pueblo y publicada por Canal 22.

La soberanía del rey había quedado suspendida. La invasión napoleónica había trastornado la monarquía española y, al producirse aquel vacío, algunos criollos novohispanos formularon una posibilidad extraordinaria: que la soberanía fuera ejercida por los habitantes de América.

Allí estaba la semilla.

Pero también estaba la primera fisura.

¿Quiénes eran esos habitantes de América? ¿Quién podía representarlos? ¿Eran los cabildos la voz de todos o la voz de una parte que comenzaba a hablar en nombre del conjunto? ¿Qué significaba América cuando era pronunciada por los criollos? ¿Comprendía de igual manera al peninsular, al criollo, al mestizo, al indígena, al africano y a los múltiples cruces humanos que habitaban la Nueva España?

La frase parecía contenerlos a todos. La capacidad de pronunciarla, sin embargo, permanecía concentrada en unos cuantos.

Así compareció el primer sustantivo que necesitábamos sentar frente a nosotros:

Nosotros.

Toda independencia necesita pronunciarlo. Pero no todo aquel que dice nosotros comprende del mismo modo a todos los que introduce dentro de esa palabra.

Ése podría ser uno de los contrastes iniciales entre la Independencia de México y la de sus vecinos del norte. Ninguna fue comenzada por la totalidad de sus habitantes. En las trece colonias también fueron propietarios, comerciantes, plantadores, abogados y representantes coloniales quienes articularon inicialmente la resistencia. Mujeres, pueblos originarios, africanos esclavizados, trabajadores sin propiedad y otros sectores permanecieron fuera de la soberanía que comenzaba a proclamarse.

Sin embargo, el sujeto colonial que se independizó en el norte era relativamente reconocible para sí mismo. Aquellos colonos se consideraban ingleses privados de derechos ingleses. Contaban con asambleas, tradiciones de autogobierno y una experiencia política que les permitía imaginarse como un bloque frente a una autoridad exterior.

México enfrentaba otra clase de dificultad.

No sólo tenía que independizarse de España. Tenía que descubrir qué conjunto humano podía nombrarse a sí mismo México.

Para comprender esa diferencia quizá sea necesario retroceder más allá de 1776 y 1810. Habrá que regresar a las formas de llegada representadas por las carabelas y por el Mayflower. No como explicaciones absolutas ni como embarcaciones capaces de transportar por sí solas toda la historia, sino como significantes de dos direcciones predominantes.

Las carabelas llegaron a un territorio densamente poblado y organizado para conquistarlo, administrarlo, convertirlo y extraer de él. El Mayflower puede representar el trasplante de una comunidad que buscaba reproducirse sobre otro territorio, aun cuando para hacerlo tuviera que desplazar, excluir o eliminar a quienes ya se encontraban allí.

Podríamos condensar el contraste de esta manera:

Las carabelas incorporaron subordinando.
El Mayflower excluyó reemplazando.

Ambos movimientos fueron depredadores, pero no digirieron de la misma manera aquello que encontraron.

En los territorios que formarían México, españoles, pueblos indígenas, africanos, criollos, mestizos y múltiples castas fueron introducidos dentro de una convivencia profundamente desigual. En el norte, la población originaria fue expulsada para disponer de su territorio, mientras la población africana esclavizada fue conservada dentro para disponer de su cuerpo.

Al originario se le empujó fuera para ocupar su tierra.

Al esclavizado se le mantuvo dentro para utilizar su fuerza.

México llevó su heterogeneidad dentro de la palabra con la que intentaría nombrarse. Estados Unidos redujo políticamente la suya mediante diferentes formas de exclusión.

Aquí puede auxiliarnos una herramienta inesperada, procedente no de la historia académica, sino de la refrigeración.

En una mezcla de refrigerantes, los distintos componentes no necesariamente cambian de fase en el mismo punto. Entre la temperatura en que comienza la evaporación y aquella en que termina existe un recorrido conocido como glide. La mezcla funciona como una unidad, pero sus componentes responden de manera distinta a las presiones y temperaturas del sistema.

La Nueva España ya contenía un inmenso glide humano.

Peninsulares, criollos, mestizos, indígenas, africanos, afrodescendientes y los innumerables cruces entre ellos habitaban el mismo territorio, pero no atravesaban a la misma temperatura histórica los umbrales de persona, propietario, súbdito, habitante, mexicano, ciudadano o soberano.

La Independencia cambió el nombre del compuesto.

No igualó automáticamente las condiciones de sus componentes.

Las castas comenzaron a desaparecer de las actas y todos pudieron comparecer jurídicamente bajo un sustantivo común: mexicanos. Pero no fueron distribuidos nuevamente la tierra, los títulos de propiedad, el crédito, la educación, las redes comerciales, la cercanía con el gobierno ni la capacidad de hacer valer la ley.

La igualdad apareció en los documentos antes de aparecer en el vivir cotidiano.

México abolió las castas antes de abolir las condiciones que las hacían funcionar.

El glide no desapareció. Cambió de tubería.

Dejó de escribirse abiertamente sobre las personas y comenzó a leerse en sus propiedades. Ya no era indispensable llamar criollo al propietario, ni mestizo o indígena al trabajador. La tierra, el crédito y el acceso a las instituciones podían conservar la separación sin necesidad de declararla.

La casta visible comenzó a transformarse en patrimonio invisible.

Tal vez por eso, casi un siglo después de sus respectivas independencias, ambas naciones atravesaron una segunda ebullición. Estados Unidos enfrentó una Guerra Civil cuyo núcleo fue la esclavitud, su expansión territorial y la secesión de los estados del sur. México entró en aquello que reunimos bajo el singular de Revolución, aunque dentro de ella coexistieran movimientos distintos alrededor de la democracia, la tierra, el trabajo, el poder regional y la oposición al régimen porfirista.

No fueron procesos equivalentes, pero ambos dejaron escuchar una pregunta semejante:

Después de independizarse del otro, ¿quiénes eran los unos respecto de los otros?

La independencia exterior no había resuelto la relación interior.

La Revolución mexicana alteró materialmente la distribución del poder mediante el artículo 27, el reparto agrario, los ejidos y las restituciones. Sería falso afirmar que no consiguió nada. Rompió estructuras profundas y modificó la relación entre territorio, propiedad y soberanía.

Pero la hacienda aprendió a cambiar de forma.

El poder dejó de depender únicamente de la posesión de hectáreas. También pudo refugiarse en empresas, bancos, acciones, concesiones, comunicaciones, contratos, cadenas productivas, tecnología, información y capacidad de influir sobre el Estado.

La desigualdad no desapareció.

Cambió de título de propiedad.

Desde esta perspectiva, nuestra Independencia no sería únicamente un acontecimiento consumado en 1821. Sería también un proceso inconcluso: el lento nacimiento del sujeto colectivo que durante siglos fue introducido dentro de palabras pronunciadas por otros.

En años recientes ha comenzado a hacerse visible otro movimiento. Pensiones, becas, recuperación salarial, reformas laborales, apoyos al campo, asignaciones comunitarias, reconocimiento de los pueblos indígenas y conversión de ciertos programas sociales en derechos constitucionales han intentado modificar la relación entre el Estado y quienes antes aparecían principalmente como población administrada.

No todo beneficio produce democracia.

No todo derecho escrito se cumple.

No toda participación constituye soberanía.

Pero existe una diferencia entre recibir un recurso por decisión del gobernante y comparecer como titular de un derecho que puede exigirse. También existe otra diferencia, todavía mayor, entre ser derechohabiente y participar en la decisión sobre el destino de los recursos comunes.

Beneficio, derecho y decisión no son la misma cosa.

No obstante, señalan un posible desplazamiento: el pueblo deja de aparecer exclusivamente como objeto de gobierno y comienza a comparecer como acreedor y, en algunos espacios, como participante.

Es en ese sentido —no como consigna partidista ni como canonización de un gobierno— que podemos atrevernos a formular una imagen:

La democracia se está pariendo en México.

No ha nacido completa. No posee todavía la forma ideal que su propio nombre promete. El parto atraviesa violencia, corrupción, desigualdad, propaganda, polarización, errores, resistencias y tentativas de captura por nuevas élites.

Pero las imperfecciones de cada píxel no necesariamente anulan la dirección de la imagen.

La Independencia fue una contracción.

La Reforma fue otra.

La Revolución, otra.

La apertura electoral, otra.

La ampliación de derechos sociales y de mecanismos de participación podría ser otra más.

El parto ha sido largo porque el sujeto que intenta nacer permaneció durante siglos contenido dentro de una palabra pronunciada en su nombre.

México obtuvo su Independencia antes de que el mexicano pudiera comenzar a ejercer su independencia.

Algo más ha cambiado mientras ese proceso continúa. Desde los monitores negros con símbolos blancos o verdes hasta los celulares que hoy caben en cualquier bolsillo, millones de habitaciones humanas han quedado conectadas.

Una persona puede observar cómo vive un anciano en otro país, qué recibe un estudiante, cuánto gana un trabajador, cómo habla un gobernante, qué oportunidades posee una familia o qué relación existe entre una comunidad y el Estado. No necesita estudiar economía, dominar la historia ni formular una definición de democracia.

Sus ojos ya pueden realizar una operación elemental:

Eso existe allí. Aquí no. ¿Por qué?

Los ojos comparan antes de que la boca argumente.

Millones de personas pueden efectuar el mismo cotejo sin conocerse, sin reunirse y sin organizarse. La pantalla toca singularmente a cada una, pero la recurrencia puede producir algo múltiple. Antes de que exista una consigna compartida, puede presentarse una simultaneidad silenciosa de deseos individuales.

Los ojos cotejan.

La conciencia idealiza.

El anhelo comienza a pedir forma.

En medio de esa transformación pudiera estar ocurriendo algo difícil de medir, pero digno de observarse. Durante siglos, México miró hacia fuera buscando modelos: modernidad europea, democracia estadounidense, industrialización extranjera, recetas económicas, instituciones importadas y reconocimientos concedidos desde otros centros.

Ahora la dirección de algunas miradas parece comenzar a regresar.

Esto no significa que “el mundo admire a México”, ni que México se haya convertido repentinamente en una democracia ejemplar. La afirmación sería excesiva. Significa algo más delicado: ciertas decisiones, programas, expresiones de soberanía y formas de dirigirse al pueblo comienzan a producir significantes políticos que viajan desde México hacia la imaginación de otros pueblos.

Incluso una frase extravagante —como aquella según la cual algunos cubanos quisieran que Cuba se convirtiera en un estado de México— puede resultar reveladora sin necesidad de aceptarla como hecho sociológico. Tal expresión podría ser verdadera para algunas personas, un sueño guajiro, una exageración o incluso una fabricación artificial.

Pero permite formular otra pregunta:

¿Qué debe estar comenzando a significar México para que semejante deseo resulte imaginable?

Quizá el video no demuestre nada sobre Cuba. Puede, sin embargo, dejarnos mirar algo sobre México: la figura que comienza a adquirir cuando es observado desde otras carencias, otros encierros y otros anhelos.

Desde dentro contemplamos inseguridad, corrupción, desigualdad, deficiencias sanitarias, concentración empresarial, violencia y promesas incumplidas. Vivimos tan cerca de esos cráteres que con frecuencia ocupan todo nuestro campo visual.

Desde fuera, otros quizá alcancen a mirar pensiones, becas, recuperación salarial, elecciones competitivas, movilidad, economía abierta, apoyos productivos, soberanía discursiva y un pueblo convertido en destinatario explícito del gobierno.

Ellos pueden idealizar lo que nosotros vivimos.

Nosotros podemos disminuir lo que otros comienzan a mirar.

Ninguna de las dos posiciones contiene por sí sola la imagen completa.

El lado oculto de México no sería aquello que México esconde, sino aquello que sólo puede comenzar a reconocer cuando recibe de regreso los ojos de otros pueblos.

Las dos caras pertenecen al mismo cuerpo.

Ninguna agota la Luna.

Este recorrido comenzará, por tanto, dentro de una habitación. Un hombre que no se presenta como historiador, politólogo, filósofo ni astronauta detiene un fragmento de la mañanera, encuentra una frase sobre criollos y cabildos y termina dándole vuelta a varios siglos.

Es el mismo troubleshooter que, cuando le preguntan la hora, acaba examinando cómo fue construido el reloj.

La pregunta ya no será solamente qué hora marcó nuestra Independencia, sino qué mecanismo comenzó a moverse dentro de ella, qué piezas permanecieron atoradas y qué sujeto intenta finalmente comparecer desde el interior de la palabra nosotros.

Las carabelas y el Mayflower desembarcaron hace siglos, pero sus formas de llegar continuaron navegando dentro de las naciones. La Independencia cambió la bandera. La Revolución disputó la tierra. La democracia comenzó a disputar el pronombre nosotros.

Ahora, desde millones de habitaciones, otros ojos observan a México. Quizá lo idealicen. Quizá nosotros lo disminuyamos porque vivimos demasiado cerca de sus heridas. Entre ambas miradas comienza a revelarse la otra cara de la misma luna.

No es otro México.

Es éste, observado desde una posición que todavía no habíamos alcanzado.

Quizá el Grito no haya terminado.

Quizá apenas esté cambiando de garganta.

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